domingo, diciembre 23, 2007

El Destino Manifiesto son unas deportivas de muelles


Es posible que un día los historiadores estadounidenses consideren que las dos presidencias de George Bush hijo han sido un fracaso histórico por apartar a los Estados Unidos de la realización política del Destino Manifiesto.

Unificar toda América bajo una democracia republicana, evitando el fraccionamiento político propio de Europa. Era una de las ideas que se defendieron en la Guerra Revolucionaria, que aún necesitó de una guerra civil que resituase los orígenes de la democracia republicana en 1776 (la insurrección revolucionaria contra el despotismo y por la democracia republicana y los derechos individuales, incluido el de la propiedad) y no en 1787 (la confederación de estados independientes). Tras el colapso de la URSS, con Cuba reducida de cabeza de puente de la revolución en el Hemisferio Occidental a un régimen resistencialista, Estados Unidos ha avanzado en la unificación económica y cultural de toda América. El chavismo, con su retórica indeterminada del "socialismo del siglo XXI" y su renuncia a la tradición revolucionaria de 1917 (lo que supone, entre otras cosas, la renuncia a la creación de un estado de una sola clase, algo a lo que Cuba también ha renunciado de hecho), se sitúa en el linaje de los regímenes militares progresistas, en los que el ejército actúa de poder tutor para garantizar el ascenso social. Su oposición a los Estados Unidos es la defensa de la autonomía de un estado frente a un sistema imperial, no la propuesta de un modelo socioeconómico enfrentado al capitalista. Y a día de hoy, tras el colapso soviético (es decir, tras el fin de la competencia mundial entre sistemas imperiales), resolver este enfrentamiento político con intervenciones militares en vez de financiando movimientos políticos de oposición o a otros estados que se pueden instrumentalizar contra los resistencialistas, es de una ineficacia demasiado costosa (en términos tanto financieros como electorales).

Se ha hablado mucho de la unificación económica americana (y puede resumirse de forma muy sencilla: las transnacionales estadounidenses son dueñas en toda América de las infraestructuras, de los recursos naturales, y de los medios de producción y distribución materiales e ideológicos, permitiendo a los nacionales acceder a los cuadros medios de gestión). No tanto de la cultural. Existe el término malinchista para designar a aquellos que renuncian a su propia cultura por la anglosajona. Pero, a día de hoy, la cultura anglosajona es una cultura de síntesis, que ha integrado elementos de la cultura latinoamericana. Es una cultura que se produce en masa para el consumo interno y externo por una serie de medios de producción culturales que van desde la industria del entretenimiento de masas a las iglesias protestantes (que marcan la agenda a la Iglesia católica, incluso en el debate entre creacionismo y evolucionismo) pasando por una ropa que se manufactura para homogeneizar a la población con el señuelo de la distinción individual (y que a los europeos les parece entre ridícula y agresiva cuando la visten sus propios jóvenes).

Y mientras, Europa duerme. Un sueño orwelliano de programas de televisión de personajes famosos por ser famosos, de un fútbol cada vez más parecido a los espectáculos del Tercer Reich, de cafeterías donde empresarios y trabajadores parecen creerse la mentira que es posible el compañerismo por encima de las diferencias políticas y económicas. Las bombas yihaidistas, transformadas en nuevo espectáculo mediático, hacen sólo que el sueño no sea de un tirón. No hay competencia europea al Destino Manifiesto. Pero me temo que, cuando despertemos, lo hagamos a una pesadilla balcánica.

Para Alfredo Jorge Cañoto.

miércoles, octubre 31, 2007

Gregorio Morán y las Trece Rosas


(Del artículo de Gregorio Morán "La prensa se hace blanda", publicado en el diario de Barcelona La Vanguardia el día 19 de octubre de 2007)


(...) Aprovechando un reportaje sobre Las 13 rosas, las 13 adolescentes fusiladas por el franquismo el 5 de agosto de 1939, tema en el que ha basado su último filme Martínez Lázaro, a los agudos chicos y chicas de la publicidad del Dominical de El País, no se les ha ocurrido idea más brillante que vestir a las actrices del drama con simpáticos y modernos modelitos y complementos, sonrientes ellas bajo el título genérico de "13 rosas para la leyenda". Y lo que es aún más inaudito, como una lectora se indignara ante la humillante tropelía, un individuo que para mayor sarcasmo aparece como Defensor del lector y que firma Larraya, como si fuera poca la raya que se han pasado, justifica la humorada de esta guisa: "Las 13 jóvenes actrices que encarnan en la película a las militantes fusiladas posan en el reportaje como modelos... lo que es una práctica habitual en el Dominical, que dedica muchas páginas al estilismo. La llamada memoria histórica, que es siempre memoria personal, combina mal para esta lectora con la moda". Y el supuesto Defensor del lector acaba su exordio con esta frase inmarcesible: "que el árbol de la autocrítica no nos impida ver la selva de los medios". Hay frases que delatan a un mentecato; sin más. ¿Alguien se imagina un pase de modelos aprovechando un reportaje sobre Mauthausen, con vestidos de Valentino, bolsos de Louis Vuitton y sandalias de Loewe? Pues, lo mismo. La "llamada memoria histórica", que dice el de Larraya, es lo que a mí me impedirá ver un filme sobre "las 13 rosas", pese a la buena voluntad de su productor Pedro Costa. Porque forman parte de mi intimidad y ahí no entran películas. Yo me inauguré en el periodismo legal un jueves 24 de marzo de 1977 con un artículo en el que daba noticia de aquella terrible historia que se contaba por primera vez en la prensa española. Y como ya es muy tarde para ser inconsecuente no voy a ocultar mi desdén hacia los enmascaradotes de la realidad, porque de ellos podrá ser el reino de los cielos y el caviar y la trufa, pero nada más.

George Orwell ante sus calumniadores

Edición digital del folleto publicado en el centenario del nacimiento de Orwell, sobre la polémica de la supuesta participación del escritor británico en la "caza de brujas" anticomunista después de 1945:

http://www.ddtgatazka.com/pub/ddt/ddt/descargas/orwell2edicion.pdf

martes, octubre 30, 2007

El Valle de los Desconocidos

(Publicado en la edición digital del diario El País el día 21 de octubre de 2007)


El régimen exhumó fosas y trasladó al Valle de los Caídos, sin identificarlos y sin permiso de las famillias, a más de 20.000 muertos de ambos bandos.

-La relación de los caídos no ha sido informatizada casi 50 años después-

-El Valle de los Caídos se rige por disposiciones de 1957 no derogadas-

-Sólo el 12% de los consultados en Cádiz aceptó el traslado de restos-

-Dos comisiones para regular su régimen jurídico no se reunieron nunca-



En el mayor mausoleo de España, la memoria escrita de los caídos en la Guerra Civil no merece más consideración que una breve anotación contable. Tres gruesos volúmenes que descansan en el rincón de un armario de la biblioteca del Valle de los Caídos guardan la información disponible sobre la identidad inequívoca o incierta de un número de restos mortales que, según varios autores, podrían corresponder a más de -50.000 españoles. A su lado, unos pequeños cajones contienen fichas mecanografiadas con información suplementaria para los casos identificados. Posiblemente, ningún registro de víctimas de una guerra haya merecido tanto descuido en algún otro lugar de Europa.

Las anotaciones manuscritas se limitan a un inventario cronológico de la llegada de restos mortales al Valle de los Caídos. Esa información, casi 50 años después del primer apunte, no ha sido depurada, enriquecida, ni siquiera duplicada para evitar cualquier riesgo de desaparición. Todo lo relacionado con el Valle de los Caídos es impreciso. El propio monumento y su régimen jurídico subsisten en un tremendo vacío legal desde la muerte de Franco.

Un portavoz de Patrimonio Nacional asegura que este organismo carece de los planos del monumento, en poder de los herederos del arquitecto Diego Méndez. Los Gobiernos democráticos han actuado por omisión en lo referente a este recinto, como si no se atrevieran a tocarlo, a modificar su destino, como si fuera un fantasma administrativo, pero al tiempo que se olvidaron del monumento se olvidaron también de los muertos. De todos los muertos y de su memoria.

No existe una clasificación de las víctimas por orden alfabético. O por lugar de procedencia. No hay datos suplementarios salvo una sensación que salta a la vista de la lectura de los libros: los muertos republicanos están casi exclusivamente asignados al término "desconocido".

Toda la información está bajo la custodia de los 26 monjes benedictinos que gestionan la Basílica, uno de los cuales reconoce que han procedido a informatizar por su cuenta la información, sin asesoramiento técnico, sin subvención oficial para efectuar dicha tarea.

La cifra de restos mortales tampoco es exacta. No lo es porque la recogida de cadáveres, incluidos los del bando franquista, se hizo con escasos medios, cierta urgencia y poco cuidado en la mayoría de los casos. En el caso de los republicanos, el desprecio fue sistemático. El último apunte en el libro de registro da cuenta el 3 de junio de 1983 de la llegada de un ataúd procedente de Villafranca del Penedés (Barcelona). Tiene el número de orden 33.847, pero los propios monjes benedictinos dudan de que esa cifra refleje el total, entre otras cosas porque en los ataúdes colectivos se introdujeron restos sin precisar su número. Los historiadores han terminado por concluir que la cantidad de víctimas alojadas en el mausoleo estará entre 40.000 y 60.000. No puede descartarse que, junto a las tumbas de Franco y José Antonio, haya más republicanos que franquistas.

La recogida de víctimas de la guerra fue una actividad paralela a la propia construcción del Valle de los Caídos, coordinada desde el Ministerio de la Gobernación. Requirió de una gran logística para la época y duró, en su etapa de mayor intensidad, cerca de cuatro años. Pero no fue ni tan sencilla ni tan exitosa como sus promotores seguramente esperaron.

Debido a que la construcción de la Basílica y el Monasterio duró cerca de 20 años, la organización de los traslados experimentó varios cambios de criterio. Si la previsión inicial fue la de recibir exclusivamente a "mártires" del bando nacional, este criterio fue modificado en virtud del interés del régimen de Franco por obtener un mayor reconocimiento internacional. Para ello se hacía necesario que un monumento de apariencia grandiosa y estética sospechosa se convirtiera en un mausoleo dedicado a la reconciliación y aceptara víctimas "sin distinción del campo en el que combatieron, según el espíritu cristiano que inspira la magna obra".

El mecanismo del Estado se puso en marcha con intensidad a partir de 1958, según se acercaba la fecha de la inauguración del monumento. Las órdenes partieron del Ministerio de la Gobernación, que movilizó a gobiernos civiles, ayuntamientos, cuarteles de la Guardia Civil y autoridades eclesiásticas.

La condición expresa de que los restos a trasladar debían contar con el consentimiento de sus familiares nunca fue aplicada al caso de los caídos en el bando republicano, pero tampoco respetada en lo concerniente al bando nacional debido al escaso entusiasmo que suscitó ese llamamiento. Se publicaron anuncios en los periódicos locales y se dio publicidad a cada transporte de mártires, acompañados de honores militares y actos religiosos.

Las buenas intenciones iniciales quedaron aparcadas. Las primeras encuestas entre familiares databan de 1952 y no dieron resultados muy alentadores, a pesar de corresponder a caídos en el bando franquista. Un boletín de la Oficina Prensa Euzkadi (OPI), perteneciente al Gobierno vasco en el exilio, dio cuenta en uno de sus números de un artículo de la revista Time en el que se detallaba la airada reacción de los familiares de las 12.800 víctimas de los fusilamientos de Paracuellos del Jarama, opuestos al traslado.

Del pobre resultado de las encuestas entre familiares da cuenta también el historiador andaluz Fernando Romero Romero, que ofrece algunos datos en un artículo titulado Represión y muerte en la provincia de Cádiz, todavía no publicado. "En los cementerios municipales de la provincia", escribe Romero, "había 231 caídos cuyos familiares fueron consultados y sólo 27 (12%) estuvieron de acuerdo con el traslado". El escritor Daniel Sueiro, autor de Los secretos de la cripta franquista, da cuenta de algunas llamativas negativas al traslado, como fueron los casos de los familiares del arquitecto Arturo Soria y de Calvo Sotelo.

Ante las negativas, el Ministerio de la Gobernación solucionó esa resistencia silenciosa por la vía más expeditiva. Una comunicación del 31 de marzo de 1960 ordenó que si los familiares persistían en conservar las sepulturas a su cargo, "el Gobierno Civil dispondrá a medida que las circunstancias lo requieran su traslado al Valle de los Caídos". Quedaba derogada así la condición de la autorización familiar.

Con el bando republicano no hubo consideración de ningún tipo. Entre los casos más llamativos, Daniel Sueiro explica en su libro el caso de un padre y de su hijo, ambos militares. El padre, Antonio Escobar, general de la Guardia Civil, permaneció fiel a la República y fue fusilado en Montjuïc en 1940. Su hijo, el teniente de infantería Antonio Escobar, luchó al lado de Franco y cayó en Belchite. La petición familiar de que ambos cuerpos yacieran juntos en el Valle de los Caídos no fue respetada y "obtuvo como respuesta el inmediato traslado del hijo y el desdeñoso silencio en el caso del padre".

Las dificultades para reunir restos en número equiparable a la grandiosidad del mausoleo obligó a dejar a un lado cualquier delicadeza. Según explica la historiadora Carmen García García, que ha elaborado un censo de fallecidos en Asturias, se produjo un traslado masivo de restos procedentes de grandes batallas que ahorraban cualquier labor de identificación y sobre todo de autorización. En el mismo sentido se expresa otra historiadora, Queralt Solé, que ha investigado sobre los caídos en Cataluña.

La memoria de todos los caídos parece haber quedado en el olvido. No así el monumento y su significado. Ningún Gobierno de la democracia llegó a tocar el Valle de los Caídos, como si se tratara de una herencia maldita. El Gobierno de Calvo Sotelo, que dictó una ley reguladora del Patrimonio Nacional en 1982, evitó referirse al monumento expresamente y dispuso la creación de una comisión para resolver su situación legal. Esa comisión no se reunió nunca. Dos años después, en 1984, un real decreto del Gobierno socialista resucitó dicha comisión con idéntico encargo. Pero tampoco llegó a reunirse. Jurídicamente, la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, según expertos consultados, no existe aunque se la mencione reiteradamente.

El silencio oficial parece haberse roto esta semana en el debate parlamentario de la Ley de la Memoria Histórica. Socialistas y populares acordaron que el mauseoleo sea despolitizado y ciertos símbolos derribados.

Franco dispuso la construcción del Valle de los Caídos al año de su victoria militar. El decreto rezumaba retórica imperial: "Es necesario", dictaba, "que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido". El enorme escudo franquista labrado en esas piedras escolta desafiante el entorno de la Basílica casi 50 años después.


lunes, octubre 29, 2007

Concepto de "proletariado": más diferencias entre Marx y Lenin

Marx definió el proletariado como la única clase universal: el proletariado es la única clase social que no pretende sólo su emancipación como tal clase o que no pretende reproducir un dominio social, sino que aspira a emancipar a toda la Humanidad.

Lenin afirmó que la misión histórica del proletariado sólo podría realizarse mediante un partido que hiciese de todos los proletarios socialistas. Esta idea justificó incluso el terror rojo durante la guerra civil, al usarse para romper la "ley del mínimo esfuerzo" de los trabajadores, con la que no pudo romper los simples llamamientos de los bolcheviques.

"Prólogo" a "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española", por Fernando Alonso Martínez


Hace ya treinta años José Martínez Guerricabeitia, fundador y director de Ruedo Ibérico, nos avisaba de lo que estaba por venir: «una verdadera guerra civil histórica». Este es el punto de partida del ensayo de Carlos José Márquez, la constatación de que la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, un elemento clave en la conformación de las diferentes culturas políticas contemporáneas, y como tal constituye un motivo de pugna permanente entre los grupos políticos que hubo y hay en las escena pública española. La Guerra Civil...: causa de discordia, arma arrojadiza, fuente inagotable de reproches..., en definitiva, y esto es lo relevante, suceso histórico legitimador de posiciones políticas. Ahí reside su vital importancia. El consenso historiográfico que se había alcanzado durante los años de la llamada Transición a la democracia ha comenzado a resquebrajarse. Aquella idea simplificadora que hacía de la Guerra Civil un triste y desafortunado enfrentamiento fraticida en el que los malos eran unos pocos (los fascistas muy fascistas, y los rojos muy rojos) y los buenos una desconcertada mayoría que pegaba los tiros sin saber muy bien por qué, ha dado ya de sí todo lo que podía. El conflicto se recrudece, los bandos toman posiciones, los cuarteles de invierno se vacían y, en el campo de batalla de las ideas, las armas se desenfundan. Basta hojear los periódicos, desayunar escuchando la radio o echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías: el debate historiográfico sobre la Guerra Civil no es un mero problema académico, la cosa ha ido siempre mucho más allá; como dice Márquez: «La historiografía es un campo de lucha política más [...], cada grupo político o social tiene una memoria colectiva propia confrontada, e incluso enfrentada, a las de otros grupos políticos y sociales».

Cada cual desentierra su hacha de guerra, los expertos y los tertulianos (o los expertos tertulianos, tanto da) disparan su verdad. Unos escriben contra los otros, y los otros escriben contra los unos. Todos parten de la seguridad de saberse en lo cierto, en eso se basan para vender su discurso. La historia se convierte en un afán de propietarios; y la objetividad, en el arma para que cada cual defienda su terreno. Las partes implicadas repiten sus letanías una y otra vez, las narraciones se vuelven soflamas, los argumentos, pataletas, y para el lector que no queda convencido o seducido, únicamente resta un ruido tedioso y ensordecedor.

«La idea de verdad pertenece a la retórica del poder», decía Bauman; también es el arma de los vencedores, digo yo. En nuestro caso, el arma de los que vencieron a la Revolución de 1936, de aquellos que primero ganaron la guerra, y de los otros que después ganaron la Transición. Hay un hilo que recorre el camino de aquellos días hasta los nuestros, hay un decir las cosas que va desde entonces hasta ahora. El poder y su narración. Este libro analiza los tratamientos que las distintas tendencias historiográficas han dado a la Guerra Civil, su manera de contarla y, a menudo, su manera de imponer ese relato. He aquí una cartografía en la que pueden rastrearse los orígenes y antecedentes de dichas tendencias, sus intersecciones, sus remakes, sus lugares comunes y, sobre todo, sus deficiencias teóricas, los puntos en los que proposiciones y argumentos fallan y la narración se desnuda, dejando al descubierto la ideología, simple y llanamente. De hecho, una de las tesis fundamentales del presente trabajo consiste en evidenciar cómo las dos principales líneas interpretativas, por un lado la franquista (incluidas todas sus posteriores versiones) y por otro la de la izquierda partidista, se encuentran en un punto crucial: la negación de la existencia de una Revolución en 1936. Desde ambas posiciones, representadas inicialmente por la «guerra nacional revolucionaria» de los comunistas de partido y la «cruzada» franquista, se procede a simplificar la complejidad inherente a aquella sacudida histórica, reduciendo los contextos a un enfrentamiento entre fascismo y antifascismo, o entre cristiandad y conspiración judeo-masónico-comunista. Con todos sus matices y distintos devenires, ambas historiografías «oficiales» se olvidan de la lucha entre reacción y revolución que fue el motor de la guerra, el trasfondo cotidiano de la vida y la política en aquellos años.

Como se verá, este reduccionismo es una constante en las historiografías estudiadas a largo de las páginas que siguen, y se pone claramente en evidencia, por ejemplo, en cómo todas pasan de puntillas y sin hacer ruido por acontecimientos tan transcendentales como la persecución y aniquilación del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) o los sucesos de mayo del 37, en los que se puso de manifiesto una vez más la existencia de un proceso revolucionario en la zona republicana: las barricadas levantadas en Barcelona, el asalto al edificio de la Telefónica o los tiros de las bases cenetistas a los altavoces por donde la voz de sus cuadros llamaba a la calma, dan idea de que no todo era tan sencillo.

Es verdad que una escasa y frecuentemente olvidada historiografía libertaria (casi siempre anarcosindicalista) sí dio cuenta de la experiencia revolucionaria y de la contrarrevolución que llevó a cabo el orden republicano; sin embargo, esta es una historia de derrotados y olvido (y de derrotados en el más profundo y dramático sentido: se perdió la guerra y se perdió la Revolución), y no una historia del poder, de ningún poder. Además, esta historiografía adolece de serios problemas metodológicos, ya que en muchas ocasiones tiende al personalismo (lógico, puesto que se vuelca principalmente en el formato de las memorias) y a la mitificación, faltando por lo general unas bases sólidas que posibiliten un debate historiográfico serio.

Si las deformaciones de la historia perpetradas por el franquismo —y, después, por sus herederos ideológicos— constituyen un hecho incuestionable, lo cierto es que la tergiversación es el signo bajo el que prospera también la historiografía académica de la izquierda partidista durante la Transición democrática. Allí, la interpretación que el PCE hacía de la República como precursora de las «democracias populares» da paso a la consideración de esta como una «democracia liberal en lo político y reformista en lo socioeconómico». Se niega, entonces, la voluntad revolucionaria de sindicatos, partidos y gran parte de la población (salvo en las acciones de ciertas minorías de «incontrolados»), y en su lugar se habla de la reacción defensiva de un sistema liberal amenazado por el fascismo. Este es uno de los puntos donde las tesis de nuestro autor se ilustran más fielmente: aún hoy la Guerra Civil sigue siendo fuente de legitimación de movimientos políticos. Los partidos constitucionalistas conformaron en la Transición un régimen demoliberal y reformista, en el que quedaban reconocidos los derechos sociales de sus ciudadanos y la autonomía de las regiones, y se legitimaba la exclusión de las minorías extremistas y violentas..., el perfecto correlato de su concepción de la Segunda República. El hoy se proyecta en el ayer y, en apariencia, al juzgarse el pasado desde los valores presentes, todo encaja. Pero no se puede pretender valorar y juzgar la Guerra Civil desde la moral y la cultura del último cuarto del siglo xx, no se puede a no ser que lo que se busque no sea entender lo que sucedió, si no describirlo e interpretarlo de forma tal que justifique lo que hay.

Quede pues claro lo que el lector va a encontrar de aquí en adelante: un trabajo riguroso, honesto y autónomo; ideas que toman partido sin comulgar con la verdad de nadie; un estudio que, visto el panorama, era absolutamente necesario, y cuya principal virtud es la de empezar la casa por los cimientos, fundamentando conceptos y desarrollando argumentaciones que nos llevan hasta la trastienda de las distintas historiografías analizadas. No habrá entonces cabida para las estridencias y las burdas polémicas a las que nos hemos venido acostumbrando. Este ensayo va un paso más atrás, apunta al preciso lugar en el que se gestan las narraciones para que podamos entenderlas pieza a pieza, y demolerlas si es preciso.

domingo, octubre 28, 2007

Capitalismo

Capitalismo: sistema económico caracterizado por organizarse como tal sistema para la producción de mercancías. Siendo "mercancía" todo bien producido para su venta en el mercado y no para el consumo propio.

Precondición del capitalismo es la existencia de capital. Siendo "capital" tanto el dinero como los medios de producción, las materias primas, o las mismas mercancías por las que un propietario obtiene un beneficio.

En el capitalismo, el trabajo pasa a ser una mercancía más, que el mismo trabajador pone a la venta en el mercado. Nótese que, en las economías precapitalistas, aunque se produjeran bienes para su venta en el mercado, no se ponía a la venta el trabajo.

Gregorio Morán: "El suicidio de Xirinacs"

(Artículo publicado en La Vanguardia, diario de Barcelona, el día 6 de octubre de 2007)


Hoy se cumplen dos meses de su muerte y aún es imposible reconstruir las circunstancias. Con una prisa más que sospechosa se ha pasado página y el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Esa hipocresía social -tartufismo lo denominan los cultos, que ofende menos- tan practicada por estas tierras ha dado a entender que las razones por las que no sabemos cómo se mató Xirinacs se deben a que ya no interesaba a nadie. Y a mí me da en pensar lo contrario, que probablemente había en la trayectoria y en la personalidad del mosén algo que inquietaba y que traía a la memoria demasiadas imágenes del álbum familiar.

Un hombre que tiene el valor de suicidarse no sólo merece un respeto, sino que para mí, que me considero un adversario de todo lo que predicaba mosén Xirinacs, exhibe un valor infrecuente en los tiempos que corren. En España, no digamos ya en Catalunya o Euskadi, donde el peso eclesial aplasta en su evidencia, no creo que se haya suicidado un político jamás de los jamases. Ni cuando le pillaron con las manos en la sólida masa financiera o en la blanda masa femenina. El maestro Jordi Pujol, que creó escuela en tantas cosas, siempre manifestó que los pecados de la carne y del dinero -patriótico, por supuesto- eran veniales. El suicidio es pecado, aseguran, y en este caso mortal, por eso resalto lo de Catalunya y Euskadi como países donde el peso de la Iglesia, más que la religión, han dejado una huella profunda desde el nacimiento del nacionalismo. Quizá eso explique las fórmulas elusivas, tartufescas, de los comentaristas ante el deseo inequívoco del mosén por suicidarse. "Se dejó morir en el bosque", "estaba muy enfermo y quería terminar sus sufrimientos", "tomó unas pastillas sedantes y se dejó ir plácidamente". Lo único evidente es que Xirinacs quiso dejar de vivir entre sus autosatisfechos conciudadanos y que por tanto decidió poner fin a su vida. Lo que en lenguaje común se denomina suicidio. Ése era su deseo. Que luego la Iglesia catalana se invente lo que le parezca, que para eso se pintan solos, y opten por un funeral con 17 sacerdotes oficiando, eso ya que cada uno lo valore como quiera. Debe ser el primer caso en la historia de España, no sólo de Catalunya, que un suicida tiene misa funeral por todo lo alto. Ojalá cunda el ejemplo de las misas y los suicidas creyentes, aliviarían muchas tensiones.

El día 6 de agosto, cuando cumplía exactamente 75 años, Lluís Maria Xirinacs abandonó su casa dejando un escrito en el que denunciaba la traición de los líderes catalanes a su pueblo por asumir la condición de esclavos de los estados español, francés e italiano. Esto del italiano tiene su aquél, porque l´Alguer sardo es un derecho de conquista, pero resulta peccata minuta porque chorradas de este tipo, con pretensiones históricas, el nacionalismo catalán radical las lleva diciendo desde hace décadas, en perfecta equivalencia al precursor fascismo español que representó en su tiempo el inefable Ernesto Giménez Caballero, adalid de la Hispanidad. Conviene tener presente que el padre de Xirinacs fue un notable activista de la causa franquista, detenido en varias ocasiones por conspirar contra la República y la Generalitat de Catalunya.

¿Cómo se mató Xirinacs? ¿Se ahorcó? Parece que no, por más que la primera información fuera ésa, lo que se tradujo en un bloqueo total sobre las circunstancias de su muerte. Un mosén, por más que renunciara a su condición en 1980, no deja de serlo nunca en esta vida, por tanto un mosén ahorcado no creo que tenga precedentes en la historia de la Catalunya catalana, como gustan ahora de decir los irredentos hijos de charnegos. Tampoco es fácil imaginarse a alguien con pastillas y una botella de Fontvella dispuesto a sentarse en el bosque e iniciar el trágala final. Me aseguran amigos íntimos, y me pasma que no se haya publicado ni una línea por ese tartufismo mesiánico de los filisteos de la información y de la política, me aseguran, digo, que su intención era alcanzar el Taga, vecino a Ribas de Freser, y ascender sus poco más de dos mil metros y asumir allí su final por inanición. Meditar sobre la muerte y la vida en aquello que se considera el bressol, la cuna, de la Catalunya nacionalista. Pero se quedó exhausto en la Collada de la Tuta, y allí se apostó para morir.

No sabemos cómo se mató, porque esa falacia para meapilas de se dejó morir encubre toda la mala conciencia de una clase política que usó de Xirinacs como un kleenex patriótico. Tenía un valor fuera de toda sospecha y una arraigada convicción de ser un profeta -Pujol, dixit-, un profeta airado y hasta impertinente, con esa inclinación que tienen los profetas de parroquia a la catequesis para simples. Le retrata su inolvidable intervención en el Fossar de las Moreras del 11 de septiembre del 2002: "¿Sabéis cuánto cuesta en régimen de clandestinidad encontrar la dinamita, pagarla o robarla, trasportarla, colocarla, y, encima, cuando lo tienen todo a punto, avisar de que la desactiven?... Lo hacen porque todavía ETA conservaba un poco de nobleza, del estilo de Ginebra...". Este caballero audaz, a medias profeta a medias payaso, fue candidato al premio Nobel de la Paz por diversas asociaciones de Catalunya en 1975, 76 y 77. Intuyo que ésa es la página, el pliego de páginas, que una sociedad cómplice quiere cerrar. Y se equivocan. Xirinacs muerto es un icono de una fuerza que ellos no saben calcular. Y si no echan luz y palabras sobre esa historia, se convertirá en leyenda para jóvenes ansiosos o descerebrados. Esa velocidad en las ceremonias fúnebres y el silencio auguran el comienzo de una nueva situación, que no será otra cosa que la anterior pero sublimada. Estamos pasando del oasis pujoliano a la burbuja tripartita.

A mí, Xirinacs, no me ha interesado nunca, pero su gesto último exige una explicación y no pasar la página con la complicidad de los hipócritas que le jalearon y le señalaron como el Juan Bautista de los tiempos nuevos. A mí, puestos a hablar de suicidios, me hubiera gustado contarles el de André Gorz y su esposa Dorine. Decidieron matarse hace apenas unos días, con gran eco en la prensa española; es decir, ninguno, fuera de un artículo de Mario Gaviria en el suplemento Dinero de este diario. Toda la tropa selecta de mayo del 68 en París, de cuya generación formo parte por obligación y sin ningún placer, debemos a Gorz textos y análisis impagables. Era un tipo raro, nacido en Viena y llamado realmente Gérard Horst, a quien algunos conocimos personalmente con el seudónimo de Michel Bosquet. Publicó en Les Temps Modernes de Sartre y fueron íntimos hasta que la estupidez sartriana del último periodo los separó definitivamente. Fue posiblemente el primer ecologista coherente cuando en 1973 apareció la revista Le Sauvage, y me pareció brutal su libro de 1980 con título de evidencia, Adiós al proletariado.Tres años después se retiró del periodismo y se fue a vivir a un pueblo de la Francia profunda, en el Aube, donde compró una casita pequeña con árboles grandes. Había escrito un libro hermoso dedicado a su mujer Dorine, inglesa, y ahora, hace unos pocos meses a ella le diagnosticaron una enfermedad terminal y fulminante, y él se ocupó del epitafio. "No quiero vivir sin ti, porque después de 60 años juntos sigo siendo feliz y aún te deseo". Se mataron, sencillamente. Una pastilla letal. Aquí da lo mismo, estamos hablando de gente razonable que da por terminado el ciclo creativo de su vida.

No es el caso de Lluís Maria Xirinacs y su reto mortuorio. Lo encontró un vecino de Sant Joan de les Abadesses, que como viera a un tipo echado en el suelo y en apariencia durmiente, no le hizo caso por más que alrededor hubiera bolsas de plástico, pañuelos, toallas y moscas, un montón de moscas. Volvió a pasar y lo comentó a sus amigos, y todos juntos volvieron al lugar y encontraron al Xirinacs muerto. Llevaba varios días y olía mal. Nadie que yo sepa ha contado aún de qué murió realmente. La nota de color la aportó el alcalde de la vecina Ogassa, el convergente Ramon Tubert, tan patriota él que incluso usa barretina. Como el pueblo celebraba un festival de habaneras -¡habaneras!- cuando le informaron los mossos d´esquadra, interrumpió el espectáculo, le dedicó un minuto de silencio al profeta fallecido, y continuó la fiesta.

sábado, octubre 27, 2007

Las cenizas del Che

(Artículo publicado por Gregorio Morán el día 13 de octubre de 2007 en La Vanguardia, diario de Barcelona)


Por más vueltas que le doy, no sé muy bien por dónde empezar. Si por un adolescente que apenas acababa de cumplir veinte años -que era yo- metido hasta las cachas en una pelea imposible, evocando el día que recibió la noticia inexorable de que el Che había muerto. Entonces, y por razones muy obvias, carecíamos de ese sentido del humor que nos vino luego, para añadir que además de Ernesto Guevara, había muerto Marx, y Engels, y Lenin, y Rosa y Gramsci, y que los demás, los supervivientes del viejo esquema, se encontraban en vísperas de un final inquietante. Entonces, humor, lo que se dice humor, no había mucho. Los chistes vinieron luego. Me acuerdo que algunos compañeros de pelea, mucho más a la izquierda que nosotros, arreciaron las visitas de fin de semana a Guadarrama, a la vera de aquel Madrid del bigote breve y el aroma a brillantina, en la idea de ir preparando el terreno para crear un foco guerrillero en la sierra madrileña.

También podría empezar por la construcción del mito y la leyenda, y las consecuencias del icono instalado en la conciencia universal de una izquierda incapaz de afrontar la pregunta del millón: la vía que abrió el Che con su ejemplo, ¿fue fecunda en vida y revoluciones o un matadero donde se enterró lo mejor, lo más capaz, lo más valiente, lo más prometedor de la izquierda latinoamericana? La suma de teólogos cristianos con revolucionarios, que tantos frutos generó en toda América Latina, dejó también un poso de beatería radical. Fíjense que yo puedo decir lo que quiera sobre Rosa Luxemburgo, una de las figuras más notables y coherentes de la izquierda revolucionaria europea, pero la tradición de Rosa Luxemburgo es laica, ilustrada y razonadora, no hay santos y apenas peanas, pero cuando se subió a Ernesto Guevara a la categoría de santo, incluso "a la vera del Dios Padre que estás en los cielos", como rezan los campesinos que peregrinan a la collada de La Hermida donde cayó el mártir, desde ese momento, y tras ser asumido como gran icono protector del Estado cubano, ya no hay nada que hacer. Fuera quedan los razonamientos, los análisis, los balances... ¡Al Che no se le toca! Rosa Luxemburgo fue asesinada de manera más ominosa si cabe que al propio Guevara, pero son dos mundos, dos maneras de enfocar la vida, la revolución y el futuro.

Otro modo de empezar sería seguirle la trayectoria al personaje, desde que era sólo Ernesto Guevara, un argentino de clase media asentada, que recorre la espina dorsal de la América hispana y tras ver mucho padecimiento decide que es más necesario un revolucionario que un galeno. Y no le faltaban razones. ¿Qué hacía un argentino en la revolución cubana? Aún está por estudiar el periodo que va de su entrada en La Habana, el día 4 de enero de 1959, y los sucesivos cargos que desempeñó como pudo, y la decisión de marchar al Congo (1965) en una misión que da vergüenza hasta contarla, porque se trataba de apoyar a Kabila, uno de los asesinos más notables de un continente donde el hombre blanco enseñó, entre otras cosas, cómo se ejemplifican las matanzas. De ministro de Industria a guerrillero embadurnado de negro en el África profunda. Como los santos no necesitan explicarse y sólo se manifiestan a los simples mortales con milagros, no es fácil detenerse ahí. Su relato escueto de los siete meses de experiencia africana lo recuerdo como una pesadilla, porque al leer esas páginas no tenía otra consecuencia que un interrogante, ¿qué carajo había ido a hacer el Che al Congo? No pregunto por los cubanos en África; una operación política de alta estrategia que lamentablemente no pudieron continuar por falta de entidad de Estado. Permítanme la obviedad de decirlo, Cuba no es China, o para ser más exacto, China es todo lo contrario de Cuba. Hasta en los condones, como nos ilustró en tan memorable como vergonzosa ocasión el Líder Supremo desde la plaza de José Martí y a todo el mundo. ¿No se acuerdan ustedes de aquella reflexión fidelista sobre cómo los cubanos tenían un miembro que no cabía en los condones chinos? Pues yo sí, y lo escuché y aún no salgo de mi asombro de que ese sátrapa siga siendo un icono de la izquierda llamada a ser subvencionada; un tipo así no es de fiar. Ya verán, ya verán, cuando muera Fidel, lo que imagino ocurrirá algún día, y empiece a salir la mierda a borbotones y los acendrados defensores de la revolución empezarán a decir "yo no sabía". O lo que es peor, harán una pausa en sus cátedras los dialécticos y nos explicarán qué cabía entre la contradicción principal y la secundaria, o las diferencias entre las formas y los contenidos en la lucha contra el neoliberalismo. O abocarse a los comparativos, los desesperados comparativos de los filisteos ilustrados. "¿Acaso el imperialismo...? "A mí la manera más aguda y cruel y necesaria de empezar esta reflexión a contracorriente sobre el Che consiste en tratar de acercarme al tuétano de su historia, su gloria y su leyenda, que al tiempo son su absoluto fracaso político. El foco guerrillero en Bolivia y su simbología. La experiencia guerrillera del Che en Bolivia es un manual de incompetencia, no sólo porque entonces era el país en peores condiciones para intentar una revolución en el campo, sino porque destrozará la vida política de la izquierda boliviana. ¿Por qué Bolivia? Al final, los analistas admiten como razón de peso la obsesión de Ernesto Guevara por acercarse a Argentina. ¡Un foco en Salta!, que por cierto luego se hará con resultado inenarrable.

Como Paraguay no podía ser, se dejó caer en Bolivia. Ese año de 1967 del Che en las selvas bolivianas es estremecedor. Recién ha aparecido en España el libro de Siles del Valle Los últimos días del Che (editorial Debate), que recomiendo sólo para espíritus fuertes y poco dados a rezos y beaterías. Un cuadro implacable que destroza la leyenda para hacerla humana y grandiosa en su miseria. La perplejidad de los campesinos bolivianos ante aquellos marcianos que apestaban. Me emociona aún leer dos entradas del diario de Ernesto Guevara, la del 16 de mayo, junto a Laguna Pirirenda. "Al comenzar la caminata se me inició un cólico fortísimo con vómitos y diarreas. Perdí la noción de todo mientras me llevaban en hamaca; cuando desperté estaba aliviado pero cagado como un niño de pecho. Me prestaron un pantalón, pero sin agua hiedo a mierda a una legua". Situación que debe ligarse a la otra entrada del 10 de septiembre, ya en Río Grande, a menos de un mes de su final trágico, "Se me olvidaba recalcar un hecho. Hoy, después de algo más de seis meses, me bañé".

El valor, la coherencia y la dignidad de un derrotado no puede impedirnos orillar el mito y trascender a la política. La vía del foco guerrillero, de la lucha armada, fue un espejismo político que en vez de adelantar los procesos revolucionarios los retrasó y creó unas expectativas similares a lo que fue el leninismo en Europa occidental. Pero con una diferencia notable. La revolución rusa de octubre del 1917, de la que ahora se cumplen 90 años, fue para Rusia una catástrofe sin paliativos, pero se tradujo para la clase obrera occidental en una ayuda inestimable. El miedo a una revolución comunista en Occidente representó un acicate que permitió a la clase obrera occidental dar un salto de gigante. Por el contrario, la exportación del modelo cubano a América Latina produjo una sangría y abocó a la lucha armada como único modelo. ¡No había otra vía!, aseguran algunos. Siempre hay otra vía, y cuando uno declara una guerra no puede luego echarle la culpa al enemigo. Uno pelea para vencer, no para servir de icono a futuras generaciones. La utopía es religión, la política y el poder son realidades. "Bajarán los del monte y nos liberarán a todos".

Esa fue la paradoja del Che. Sus cenizas sembraron la rebelión y la dignidad pero también la muerte. Cuando oigo gritar "Socialismo o muerte", sé que están escogiendo muerte, o la antesala de la muerte que es la represión implacable. Imagino a Marx, a Lenin, a Rosa Luxemburgo, a Gramsci, a ese puñado de gente que no le tembló el pulso ante el dilema de hacer política, o lo que es lo mismo hacer una revolución o morir en el empeño, imagino, digo, a ellos escuchando a ese payaso venezolano gritando "Socialismo o muerte", y preguntándose cómo es posible que una tarea tan digna como ser revolucionario se haya convertido en un oficio circense. Las cenizas del Che abonaron la muerte. Lo demás es espectáculo.

viernes, octubre 26, 2007

El origen de la concepción bolchevique del partido socialista revolucionario


El origen de la concepción bolchevique del partido socialista revolucionario está en dos obras escritas por Lenin en plena polémica entre bolcheviques y mencheviques dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso: Qué hacer (1902), y Un paso adelante, dos pasos atrás (1904).

Según Lenin, el partido socialista revolucionario debía ser centralizado y disciplinado. Un partido de militantes formados en el materialismo histórico como instrumento científico de interpretación de toda la realidad (y no sólo de la economía o de la sociedad) para la acción revolucionaria. Un partido que fuese la vanguardia del proletariado y movilizase a las masas, en el sentido de dotarlas de conciencia de clase (empezando por la instrucción en la doctrina marxista), para que realizaran la revolución cuando se diesen sus condiciones objetivas. Y un partido que, por su instrumento científico, materializaba la Razón Histórica: el partido hacía progresar la Historia hacia una plena realización revelada en su mismo origen (teleologismo); sus militantes tenían una misión histórica (ya que el partido asumía la misión histórica del proletariado; no era esta la única diferencia entre Marx y Lenin), misión histórica a la que debían subordinar cualesquiera otras consideraciones (lo que, en la práctica, resultaba en el acriticismo de los militantes respecto a la jerarquía del partido); el militante que no actuara según el anterior principio pasaba a ser un traidor. Se tiene que el bolchevismo tenía una verdadera antropología del militante, con su moral incluida.

A partir de estos conceptos, ¿no podría decirse que el bolchevismo supuso una hegelianización del marxismo? La concepción teleológica de la Historia que permite la interpretación racional de toda la realidad; la ciencia como dicha interpretación racional de la realidad; la política como desarrollo práctico de una moral desarrollada por la ciencia.

Aparte, Lenin rechazaba el espontaneísmo de clase: este resultaba sólo en el sindicalismo, en la simple lucha por la obtención de concesiones económicas del sistema político existente sin cambiar este; el partido revolucionario del proletariado debía tener como primer y principal objetivo la toma del poder subordinándolo todo esto, ya que la lucha por el poder político es la decisiva en una revolución.

lunes, octubre 22, 2007

Clase proletaria y partido socialista revolucionario: lo que iba de Marx a Lenin

Según Marx y Engels, la misión histórica del proletariado como clase era instaurar el socialismo. Marx afirmó que esta misión histórica estaba predeterminada por el desarrollo de la estructura económica, siendo independiente de cualquier voluntad (individual o de clase).

Hay que señalar que ya los historiadores y economistas liberales premarxistas afirmaron la determinación de los hechos históricos por la economía. Marx sólo combinó este planteamiento con la idea de la lucha de clases. Pero sólo esto ya supuso la aparición del primer socialismo contrario al voluntarismo.

La misión histórica del proletariado la debía realizar el partido socialista revolucionario. Este "partido revolucionario" no era una organización, sino la simple expresión política del proletariado. Igual que el "partido del orden" que se le enfrentaba no era tampoco una organización, sino la expresión política de la coalición de clases opuestas al partido revolucionario. Además, el partido revolucionario no establecería el socialismo sólo por la insurrección, pero el socialismo tampoco llegaría, sin más, por el desarrollo del capitalismo. Ya que, para Marx y Engels, era necesaria una insurrección revolucionaria para acabar con el capitalismo, pero esto no resultaría en el establecimiento del socialismo. Dicho de otra forma, la función histórica de la insurrección revolucionaria socialista era completar la transición del capitalismo al socialismo, pero no establecer el comunismo. Aquí quizás esté la diferencia esencial entre Marx y Bakunin.

Para Marx y Engels, la revolucion era un cambio estructural lento entre dos modos de producción que resultaba en un cambio inmediato en la supraestructura estatal al no corresponderse esta con la estructura económica: el cambio entre supraestructuras estatales (del estado feudal al estado burgués, del estado burgués al estado obrero) no podía forzarse con la violencia si persistían elementos del modo de produción prerevolucionario. Mejor dicho: el cambio entre supraestruturas estatales no podía forzarse con la violencia si el desarrollo del modo de producción prerrevolucionario no había resultado en la creación de conciencia de clase entre la clase con una misión histórica revolucionaria (la burguesía en la revolución burguesa; el proletariado, en la socialista), siendo la afirmación de la violencia como método politico socialista (y esto era un ataque directo a Bakunin) señal de falta de conciencia de clase proletaria. Esta concepción del cambio histórico basaba el que Marx y Engels defendiesen la acción política antes que la accion armada: ni Marx ni Engels negaban la violencia política desde el momento en que un dominio de una clase sobre otra implicaba violencia, pero la lucha de clases, según ambos, era un hecho político, siendo la violencia política circunstancial y breve. Incluso una revolución, por muy violenta que fuese, debía ser breve en tanto que simple culmen del desarrollo socioeconómico, pudiendo incluso llegar a establecerse el socialismo sin necesidad de una insurrección revolucionaria (pero no sin lucha de clases: que no hubiera insurrección revolucionaria socialista en el momento histórico de establecimiento del socialismo no excluía que en este se produjera una insurrección contrarrevolucionaria capitalista).

Marx y Engels hacían esas reflexiones sobre la violencia política tras los ciclos revolucionarios de 1848-1849 y de 1868-1874, que habían levantado acta de la excepcionalidad de las victorias militares de los movimientos revolucionarios frente a estados centralizados apoyados en economías industriales y en las jerarquías sociales tradicionales. Fue sobre todo la experiencia de la derrota de la Comuna de París de 1871 la que llevó a que el socialismo marxista, después de ese año, se identificara con la socialdemocracia, es decir, con la lucha electoral como método político.

Lenin, en la práctica, asumió el blanquismo como táctica política. El partido revolucionario dejaba de ser la simple expresión política del proletariado para ser una organización jerarquizada; el sujeto histórico socialista dejaba de ser la clase proletaria para ser el partido revolucionario.

Según el concepto bolchevique de la revolución proletaria, esta no era un momento histórico, sino una sucesión de fases históricas: primero debía producirse la toma del poder estatal por el partido bolchevique como vanguardia del proletariado; después, la supresión por el partido desde el estado de todas las clases que no fueran la proletaria. Si la primera fase se correspondió con la Revolución de Octubre y la Guerra Civil rusa (1917-1921), la segunda lo haría con la colectivización forzosa sucedida de la industrialización acelerada (1929-1933).

lunes, abril 02, 2007

Los nacional-revolucionarios (o nacional-bolcheviques) alemanes

La idea de "Revolución Conservadora" o "Revolución Nacional" (términos más usados que el de "Nacional-Bolchevique", aunque este también se empleaba) fue formulada en Alemania justo después del fin de la Primera Guerra Mundial, entre otros, por Ernst Jünger.
Jünger, veterano de las "tropas de asalto" especializadas en la guerra de trincheras, formó a partir de 1918 un grupo intelectual que incluyó no sólo a los hermanos Strasser (Otto y Gregor), sino a Joseph Goebbels. Ernst Roehm llegó más tarde, y marcaría una diferencia con los anteriores por un militarismo aun mayor (aspiraba a que un "ejército popular", y no las masas obreras y campesinas, fuese el sujeto de la "revolución nacional").
Los nacional-revolucionarios consideraban que la idea (propia del nacionalismo alemán) del estado como expresión de la comunidad nacional en tanto que autoridad nacional, autoridad a la que el individuo debía subordinarse para poder realizarse como persona, sólo podía llevarse a la práctica por la movilización política de las masas, que impusieran a las élites tradicionales la redefinición del modelo bismarckiano de régimen estatal (que era el de esas élites) en un verdadero sentido nacional, lo que permitiría modernizar y ampliar la burocracia estatal. Así, esa idea del estado-nación dejaría de ser reaccionaria para ser revolucionaria, permitiendo, en la práctica, oponer a los internacionalistas (con su “apátrida” concepto de la revolución, caso de los bolcheviques) un estado-nación revolucionario.
En paralelo, los "neoconservadores" o "jóvenes conservadores", reaccionando contra la derrota en la Gran Guerra, contra la República de Weimar, y contra los movimientos revolucionarios socialistas del período (a los que atribuían la derrota, y que consideraban instrumentalizados por el bolchevismo), afirmaban la necesidad de un estado alemán aún más fuerte que el bismarckiano. Estado fuerte en el que el poder ejecutivo tuviese a su disposición todos los recursos de este sin responder ante ninguna otra instancia frente a cualquier amenaza a la nación, de cuyas necesidades (concretadas en el mantenimiento de la paz sociopolítica, con lo que esto suponía de mantenimiento de la jerarquía tradicional frente a la amenaza bolchevique) el mismo poder ejecutivo se constituía en único intérprete. Muchos de los “neoconservadores” eran católicos. Carl Schmitt y Hermann Goering eran dos exponentes de los "neoconservadores". Y, en paralelo a los nacional-revolucionarios y a los "neoconservadores", pero por los mismos motivos que los últimos, los populistas (Völkisch) se reafirmaron tras noviembre de 1918 en la necesidad de que se constituyera un estado antidemocrático, que fuera la única autoridad nacional.
El anticomunismo, el antisemitismo, y el pangermanismo (elementos tradicionales del discurso de los grupos políticos del populismo alemán) dieron un "programa mínimo" a los tres grupos, y, el Partido Nazi (refundación de un partido político populista, el Partido de los Trabajadores Alemanes), la organización política.

Enlace a un post relacionado.

miércoles, marzo 28, 2007

Konstantin Rodzaevski y el nacional-bolchevismo ruso

En Rusia, la aparición del nacional-bolchevismo fue paralela a la de los nacional-revolucionarios alemanes. Mejor dicho, no en Rusia, sino en Manchuria, entre los rusos blancos emigrados tras la derrota en la guerra civil y entre la colonia rusa ya existente. Se llegó incluso a formar un Partido Fascista Ruso, dirigido por Konstantin Rodzaevski, que, aunque adoptaba los símbolos nacionales zaristas y aceptaba la colaboración con los monárquicos, marcó distancias con el Partido Monárquico Ruso de Manchuria (dirigido por ex-militares blancos que formaron la dirección del ejército de Manchukuo al establecerse este estado satélite de Japón).
Rodzaevski quizás fue el único teórico del nacional-bolchevismo ruso. Pretendía combinar el fascismo italiano (nacionalismo revolucionario) con el leninismo (interpretación nacional del socialismo) para crear la versión rusa del nacional-socialismo que (según él) ya se había creado en Alemania.
Además de dedicarse a la organización partidista y a la teoría política, Rodzaevski organizó milicias con la esperanza de que el alto mando japonés diese el "gran golpe al norte" (opción desestimada tras la tremenda derrota en Jaljin Gol frente al Ejército Rojo, una batalla también conocida como "incidente de Nomonhan"), así como un servicio de inteligencia que se dedicó a realizar sabotajes en la frontera con Siberia y a intentar provocar (sin éxito) un levantamiento contra el gobierno soviético de las nacionalidades siberianas (fueran rusas o no). En algunos de sus escritos afirmaba que Stalin había creado de hecho el régimen nacional-socialista ruso al adoptar la política de "socialismo en un sólo país" y renunciar a extender la revolución más allá de los límites del antiguo Imperio Ruso, y que lo único que le separaba de él era que reconociera este hecho. Lo que no le salvó de ser fusilado después de que el Ejército Rojo entrara en Manchuria. Esto, de forma contraria a como se ha dicho, no fue un cambio oportunista por la deriva de la guerra mundial: antes de 1939, muchos seguidores de Rodzaevski ya consideraban que Stalin era el constructor del nacional-socialismo ruso, y volvieron a la URSS para colaborar en esta obra. La mayoría, tras vivir un tiempo bajo sospecha, acabaron delante del paredón.

lunes, febrero 26, 2007

Solidaridad con Dionisio Pereira


http://alasbarricadas.org/noticias/?q=node/4402

12 de Agosto de 2006, Verbo Xido, Asociación Ecologista y Cultural de Terra de Montes, organizo unas jornadas de recuperación de Memoria. Hablaron varias asociacións, se presento un libro de Dionisio Pereira, organizaron una ruta por lugares de la represión, y se descubrio una placa, colocada sobre una hermosa piedra labrada por un cantero local, en memoria de dos hombres, Francisco Arca y Secundino Bugallo, canteros y de la CNT, torturados y asesinados el 13 de Agosto de 1936 en una cuneta de Pedre.

No se sabe si los asistentes y las asistentes al homenaje lloraban de emoción o por el humo, ya que allí mismo alguien planto fuego en el monte hacía poco, y parecia provocado, pues prendieron fuego sobre quemado, que por allí ya ardiera hacía dos días, como parte de la tanda de incendios de este verano.

Más tarde alguien arranco la placa del homenaje, que Verbo Xido repuso otra vez en un nuevo acto, en el mes de Noviembre. Parece continuación de estos hechos que la Corporación Municipal de Cerdedo revisara y anulara, de manera no muy regular, un acuerdo previo que esijía la retirada de la placa con el nombre de un alcalde implicado en la represión.

E ahora presentaron doss denuncias contra Dionisio Pereira, por este párrafo de su libro sobre la represión fascista en la comarca de Cerdedo: "Personas señaladas por su presunta participación en diversas manifestacións de la represión: Angel, Luis y Manuel Gutiérrez Torres (jefe de la Falange, alcalde de Cerdedo en los años 40 y 50), Eligio y Francisco Nieto (falangistas)...." , y por otro párrafo semejante en las Actas del Congreso de Memoria de Narón.

Dionisio Pereira está citado a comparecer en el Juzgado de Paz de Cerdedo este Jueves día 15, a las 11 y a las 12. Le piden que se retracte, cosa que Dionisio no piensa hacer (como puede retractarse alguien de un trabajo de investigación?) y que indemnice a los familiares.

Extraido de www.unionlibertaria.org

Notas:

¿Quién es Dionisio Pereira?

Investigador y autor de varios libros, comprometido con la memória histórica y social de Galicia. Entre sus varios libros se cuenta un principo de enciclopédia del anarquismo en Galicia.


A onde podes enviar a tua SOLIDARIDADE?

redaccion@culturagalega.org santiago@farodevigo.es pontevedra@farodevigo.es aestrada@farodevigo.es info@elcorreogallego.es digital@laopinioncoruna.com laregion@laregion.net redaccion@elpais.com internet@elmundo.es noticias@vieiros.com editor@vieiros.com


QUE ESTA INFAMIA NOM FIQUE IMPUNE!!

sábado, febrero 24, 2007

Terrorismo

Puede haber muchas formas de terrorismo. Pero en Occidente, a día de hoy, se entiende que “terrorismo” es sólo el de organizaciones armadas (no siempre paramilitares) ilegales. Sin embargo, esta es sólo una forma de terrorismo.

El terrorismo de las organizaciones armadas clandestinas consiste (obvio) en ejecutar terror político. Pero de modo discontinuo (diferencia importante con el terrorismo estatal o el terrorismo de los bandos de una guerra civil), y sin designar los objetivos del terror por su importancia o por su significación política, sino por ser objetivos fáciles (quizás la característica más definitoria del terrorismo frente a otras formas de violencia política, y que se ha ido haciendo más evidente a medida que se han ido desarrollando las tecnologías de vigilancia y control sociopolíticos). Dos cosas que, criterios éticos aparte, dificultan poder caracterizarlo como “lucha armada” (una caracterización que tiene mucho de justificación política e incluso moral: se supone que acabar con la represión o con la opresión de un colectivo exige una lucha armada inmediata sin más legitimaciones; pero, nótese, si la acción del comilitante o del cosimpatizante es “lucha armada”, la del oponente político o ideológico se deslegitima como “terrorismo”). El objetivo político último es coaccionar al estado por acciones que pueden caracterizarse no sólo de propaganda, sino de represalia o de protesta, aprovechando la resonancia que los medios de comunicación dan a este tipo de actos (incluidas las especulaciones de los periodistas “de opinión”).

Nótese: intentar coaccionar a un estado de esta manera supone, de forma implícita, reconocer que el poder actual del estado impide destruirlo, o impide reemplazar el régimen político y social existente mediante la toma del poder estatal (esto no es novedoso, sólo se ha hecho más evidente a medida que la industrialización ha proporcionado más recursos materiales, humanos y sociales a los estados: desde 1789, sólo han triunfado las revoluciones que se han producido en estados cuyo poder se estaba colapsando o se había colapsado). Aparte, la consecuencia para un movimiento político asociado a una organización armada clandestina sólo puede ser quedar hipotecado en el caso de que esta y el estado llegaran a algún tipo de acuerdo.

“Movimiento político asociado”. Las organizaciones armadas ilegales no son sólo minorías dentro de un colectivo político, sino verdaderas microsociedades aparte, cerradas, y muy reducidas en número. Pero que se arrogan por las armas la representación de un colectivo político mayor, e incluso de enteros grupos sociales. Este planteamiento no es ni siquiera el del vanguardismo bolchevique. En la tradición bolchevique, el vanguardismo, aparte de acción política y pública, supone dirigir, organizar, y adoctrinar a las masas por parte de una élite que aspira a usarlas para la toma del poder estatal, sin separarse de ellas en una microsociedad cerrada. Y esa asociación entre un movimiento político y una organización armada ilegal cae más pronto o más tarde en una contradicción que no se resuelve de forma fácil en la práctica: el de si la acción de masas del movimiento político debe subordinarse a la acción minoritaria (y minoritaria al máximo) del grupo armado, o al revés.

En los grupos armados clandestinos hay un rechazo implícito a toda política, incluso, entre los que se reclaman “marxistas-leninistas”, a la vanguardista de origen bolchevique. No sólo por su carácter clandestino, no sólo por su carácter minoritario también frente a quienes dicen representar y separado de estos, no sólo por tener en las armas su única legitimación. Sino por afirmar que el terrorismo es la única forma posible de enfrentamiento con los represores y con los opresores, ignorándose otras formas de enfrentamiento. Algunas, en la tradición de la acción directa, y que no excluyen la violencia (y una violencia también discontinua y muy localizada) en nombre de un pacifismo difuso e impracticable de tan abstracto: la huelga, la manifestación, o la autodefensa.

miércoles, febrero 14, 2007

¿Falsificar la historia es delito?


(Artículo publicado por Gregorio Morán el día 4 de marzo de 2006 en La Vanguardia, diario de Barcelona)


Una de las historias menos contadas de nuestros años del cólera son las referidas al sostén del nazismo posbélico. Cada vez estoy más convencido de que la historia del franquismo - nuestra historia con el franquismo, quiero decir-, aún está cubierta de una espesa costra de vergüenza familiar, lo que convierte a los historiadores oficiales en auténticos hipócritas que necesitarían sentarse en el diván y empezar el ritual con una jaculatoria al beato Freud, algo así como: mi padre fue un franquista que ganó la guerra y que durante muchos años tuvo conciencia de que el mundo estaba dividido entre vencedores y vencidos, y que por un azar de la historia, bendecido por el Papa y por la Iglesia y por todos sus obispos y cardenales menos un par, él eligió el bando de los buenos, o sea, los vencedores.


Los hijos de los ganadores en la guerra incivil escribimos la historia de España, ¡no digamos ya la de Catalunya!, y esto es un dato que debemos asumir todos y que nos condiciona; a unos para pasar página y hacerse una retrato a la moda; a otros a beneficio de inventario, porque esa historia se solventó - ¡ay, hace ya tantos años!- en la más radical adolescencia.


Por eso y otras muchas cosas, la gente, el común, el pueblo llano, que dicen ahora los flamantes neoilustrados del zapaterismo, no sabe nada del apoyo al nazismo en España después de su derrota en 1945. Por tanto, le sonará a chino saber que don Gregorio Marañón, el liberal por excelencia, fue prologuista entusiasta de las memorias de León Degrelle, un nazi belga, criminal buscado en su país, al que el Caudillo brindó protección. En Madrid, una de las librerías más importantes hasta los años sesenta se llamaba Bucholz y era propiedad de un nazi, oficial en la Legión Cóndor, que tenía contratado a Enrique Tierno Galván como asesor. Impresiona leer las cartas de don José, otro liberal por excelencia, renunciando a su traductora alemana por ser judía.


En abril de 1961, Hannah Arendt, la elogiada pensadora contra el totalitarismo, va a Israel para asistir al juicio contra Eichmann, el funcionario genocida, uno de los mayores responsables del asesinato de millones de judíos. Por esa misma fecha, en España, el diario probablemente más vendido y leído del momento, el formador de generaciones de periodistas llamados de raza, el popularísimo Pueblo, diario de la tarde, publicaba una serie de artículos que resumían el vomitivo panfleto de Paul Rassinier, La mentira de Ulises, en el que se niega la existencia de los campos de exterminio nazis. Era la aportación española durante los años del cólera a la defensa de la cultura católica y tradicional frente a las democracias judeomasónicas.


Si un supuesto historiador como el británico David Irving niega el genocidio judío que ejecutó el nazismo merece cárcel, aunque sólo sea porque alguien no puede orinar en la calle y menos aún sobre millones de muertos, y que sirva como una gracia, un chiste de la historia. Un blanqueador de asesinos es un colaboracionista y por tanto un cómplice, y dicho esto, debemos abordar la otra parte de la verdad. ¿Qué volumen de mentira es necesario para que un historiador vaya a la cárcel? ¿Cuántos crímenes ha de negar para que le caigan tres años, como a Irving? Es la pregunta del millón.


Pongamos un ejemplo de esos buscados para no ofender la sensible pituitaria de los historiadores que huelen. En Francia, dos responsables editoriales, Barbara Cassin y Alain Badiou, han tenido la audacia, y la dignidad, de rectificar en su editorial, nada menos que Seuil, al colega Pascal David, encargado de preparar la Introducción a la metafísica, donde la figura de Heidegger aparece como un opositor al nazismo. Es un asunto grave y vinculante y que entre nosotros fue como una asignatura pendiente. Cuando apareció el libro del chileno Víctor Farías sobre la vinculación entre el filósofo alemán y el nazismo, aquí hubo una auténtica feria de despropósitos. Me acuerdo de los gestos de algunos ilustres intelectuales: “Qué importa que Heidegger coqueteara con el nazismo... si era un inmenso filósofo”. Lo inquietante es cómo se puede ser un inmenso filósofo y creer en el nazismo. Eso no se explica; sería tanto como explicarse a sí mismo y entre nuestras verdades reveladas está que los mediocres pensadores españoles de la época ejercían de franquistas sin saberlo.


Negar un crimen en el que se ha sido cómplice está penado por la ley. Es obvio, pero nos plantea un tema añadido; cómo hacemos para abordarlo. Nuestro borrascoso pasado hemos de explicarlo y al tiempo bordear la norma que llevaría a los tribunales a quien tuviera el valor de desenmascarar la impostura. Al parecer los actuales grupos que conforman la mayoría en las Cortes españolas han redactado un texto evocador del 23-F en el que se señala la actitud valiente de partidos, instituciones y ciudadanía frente a los golpistas. Me parece una estafa más de las que nos tienen ya acostumbrados, porque si algo resulta llamativo en el 23 de febrero de 1981 es la consecuencia palpable del proceso que conforma la transición: la gente mira cómo los que saben conducen la situación. La absoluta ausencia de reacción en la ciudadanía, fuera de escuchar la radio y ver la televisión, es el espejo del proceso de la transición y su fenómeno más palpable.


Ahora que se grita mucho sobre la reacción frente al golpismo, convendría recordar que el giro que supuso el 23-F fue un baño de humildad sobre el cuerpo entero de la sociedad española, de arriba abajo. Fue la Loapa, la ley que rebajaba un montón de pretensiones, indefendibles si no es con millones de ciudadanos en la calle. Me recuerdo en Bilbao presenciando la manifestación que el PNV había convocado días más tarde; un gesto sin la más mínima trascendencia política, salvo contentar a la parroquia. La mentira se ha instalado en nuestras crónicas del pasado como un virus.


Es imposible detectar ya el volumen de la fantasmagoría; incluso situaciones que uno ha vivido han cambiado de sentido. El oficio de escribir la historia convertido en ejercicio de prestidigitación.


A bote pronto, me acuerdo del lehendakari Garaikoetxea desaparecido y al PNV de Xavier Arzalluz buscándole. También, del entonces radicalísimo Patxi Letamendia agarrando una barca para llegar a Francia y recogido por la Guardia Civil del mar porque se había perdido. Me acuerdo de tantas escenas cómicas y patéticas en torno de aquel 23-F, donde había quien hacía pasaportes para sus hijos pequeños en la convicción de que aquello iba a ser el Chile de Pinochet. Y esto no podía ser el Chile posrevolucionario porque aquí ni hubo revolución ni podía haber Salvador Allende, y por tanto lo único factible se reducía a recogerte en tu casa y esperar los acontecimientos. No había heroísmo, tan sólo perplejidad. Fuimos un quiste de la historia y además resultó que ni siquiera era maligno, sino adiposo, añadido, vulgar, y a veces, en horas bajas, pienso que quizá innecesario. Ése es el lado patético de nuestra historia, que cumplidos nuestros objetivos nada de lo que hicimos sirvió para llegar a ellos, o al menos eso nos explican los que estaban al otro lado de la barricada, quiero decir, los que podían matarte o condenarte a cárcel de por vida.


Estamos, lo digo con sarcasmo, en pleno proceso de sovietización de la historia; aquel, que el historiador Pokrovski resumía con desvergüenza: “La historia es la proyección de la política hacia el pasado”. La cosa es tan grave que incluso uno se interroga sobre lo evidente, aquello sobre lo que tiene certezas inamovibles. Incluso he buscado fotos para ponerlas en la pared y fijar los hechos, reconocerse, como quien se cerciora antes de salir de casa de que el nudo de la corbata está ajustado y que el pelo no necesita doma.


Bastaría leer la crónica publicada en El País, el único diario que la dio, evocando los acontecimientos de febrero de 1956, en Madrid, narrados por una periodista imagino que joven y que de seguro sin zorra idea del asunto. Y no es culpa suya porque refiere un acto donde están algunos de sus jefes, con tal cúmulo de barbaridades históricas que uno se queda parado y da en pensar si no será así como quieren que se cuente su propia historia. Todos los que están en la foto de El País en homenaje y recordatorio de aquellas fechas terribles de febrero de 1956 eran militantes comunistas, desde Javier Pradera a Julio Diamante y pasando por Jorge Semprún, Sánchez Dragó y Enrique Múgica Herzog. ¿A qué viene esta confusión de los valores? ¿Se avergüenzan, acaso, del único momento en que fueron lo que querían ser? ¿Se niegan a asumir el papel de juguetes rotos de una historia que a Dios gracias no salió como pensaban?


Esos libros basura de los antiguos radicales convertidos ahora en piadosos defensores del sistema contra el que pretendidamente lucharon, ésos, merecen una condena, aunque sea simbólica y que yo cifraría en la obligación de pasar por el sillón del psicoanalista: echarse allá y empezar a largar de cómo fue posible que gente tan miserable fuera capaz de ganar la dignidad luchando. No es verdad que todos tengamos momentos de flaqueza, lo que sí es cierto es que hasta el mayor canalla puede asumir unos días de gloria.


Reinventemos de nuevo aquello que hicieron los arrepentidos fascistas de La Codorniz y abramos de nuevo una cárcel de papel, para incluir en ella a todos aquellos que mintiendo descaradamente sobre ellos mismo tratan de reescribir nuestra historia, sin ser conscientes, lo digo sin rencor, de que si son algo es gracias a su pasado. ¿O acaso alguien podría valorarlos hoy, después de tantas renuncias? A mí siempre me ha llamado la atención esa gente de mi generación que está bordeando el suicidio, que piensan noche tras noche si al final no habrá otra solución que matarse antes de la indignidad del silencio y la vejez.


Pero resulta que con el tiempo no sólo no se matan si no que un día se arman, van a por nosotros y nos dejan, acribillados de improperios, en la cuneta.


viernes, febrero 09, 2007

Existieron

(Un texto encontrado en Internet)

En los años de los 70 me di cuenta de que existían. Eran los viejos de la CNT. Se trataba de hombres en su mayor parte, también algunas mujeres, de manos grandes, piel tostada y y profundas arrugas, que estaban llegando a la edad en que un obrero se jubila. Cada viejo tenía un relato que contar, y se trataba casi siempre de un recuerdo interesante, jugoso. Veías pasar a González, un escayolista de culo gordo, mono blanco y sucio, y andar patoso. Había corrido como la pólvora el rumor de que en una obra había entrado "el jefe" pegando voces e insultando a todo el mundo. El tal González se había bajado de su andamio, se había dirigido hacia él, y le había dado un solo guantazo sin mediar palabra, que restalló en todo el edificio implantando un silencio serio, espeso y muy educado. Eran tiempos negros de Dictadura franquista, miles de hombres estaban en la cárcel por menos que eso. Pero el jefe no denunció a González. ¿Por qué?

Empecé a inadagar, y encontré otra historia, una historia que no tenía que ver con el partido comunista y con Rusia. Era siempre la historia de unos obreros manuales, de los que hoy serían llamados iletrados e incultos. Yo buscaba a los intelectuales, a los científicos, a los grandes líderes de extracción burguesa, y no los encontraba. Por motivos misteriosos, en los años veinte y treinta del siglo XX estos obreros se habían organizado en torno a un sindicato -la CNT-. ¿Por qué estábais en la CNT? -les preguntaba. -¿Por qué? Porque sí, qué tiene de raro -me contestaba Pedro.

Afiliándose al sindicato ellos mismos eran la CNT, y la CNT al mismo tiempo que existía por ellos, les daba vida otra vida a ellos. Escuelas, grupos de teatro, periódicos, bibliotecas, grupos de acción, de discusión... estaban muy organizados. Y habían sido derrotados en una guerra. Los supervivientes arrastraban el peso infame de esa derrota, con la marca del vencido que no se rinde, pero que ha perdido la esperanza. Eran tercos, pero los jóvenes tenían otros referentes: el partido, Mao, Cuba, desarrollo de las fuerzas productivas, imperialismo, alienación... Esos hombres y mujeres, que se decían de la CNT, anarcosindicalistas, eran "aliados objetivos de la reacción" según los cultos marxistas. ¿Reaccionarios? Pues a mí no me daba esa impresión. Parecían trabajadores corrientes.

Empecé a hablar con ellos, y siempre me sorprendían. Este se afilió con nueve años, porque con nueve años empezó a trabajar, y estaba deseando empezar a cotizar para ser un hombre. Esta mujer de rostro simpático me cuenta que en unos tiempos de moral rígida, siendo mocita bastaba con decir en casa que iban a la asamblea del sindicato, o que acudían al ateneo, para poder regresar a cualquier hora, porque el padre de mirada severa transigía con la tardanza si se realizaba al amparo del sindicato. Aquel me comenta cómo destruyeron una segadora burlando a la guardia, y cómo a raíz de aquello en la siega se implantó la jornada de cuatro horas. Otro más me enseña un revólver que parece sacado de una película del Oeste, "un recuerdo", me comenta. Uno estuvo en Mathausen, aquel en la liberación de París, este firmó el convenio de las treinta y seis horas semanales en el ramo de la construcción, José defendió Coria de los fascistas porque apañó un fusil y acabó en el campo de concentración de Albatera. Al "cojo" le dieron "el paseo", le dijeron que echara a andar para tirarle por la espalda, y cogió tal carrera que ni un galgo lo pillaba, y todos se ríen. "El niño de la Juani", fue el tesorero de la cooperativa, aquí están las cuentas. Bermejo me enseña cómo se parte un bloque de granito para darle el tamaño necesario con un mazo de tres kilos. Julián me explica cómo el sindicato designaba a los empresarios el número de parados a los que tenían que pagarle un jornal diario, trabajasen o no -eso lo dejábamos a cuidado del empresario, peor para él si no te daba faena-... Una foto con muchas mujeres sonrientes vestidas de negro... -son las compañeras, recogiendo fondos -me explica Luis "el camionero"-, nosotros estábamos en la cárcel... Fuimos a implantar el Comunismo Libertario, y nos confundimos de día y de hora, -y se ríen otra vez- ¡qué lío nos hicimos con las claves! Hicimos esta carretera, me escapé de la cárcel, fui un maquis, escribí un manifiesto, me dieron una paliza, a mí otra, y a mí otra, "alguien" mató al bicho del teniente... ¿Pero qué queríais? -les pregunto-... El precio de nuestro trabajo, la tierra, levantar casas, la libertad, destruir al Estado, fumar un cigarro, quemar el dinero, que no hubiera guardia civil, hacer un viaje, un vestido estampado, queríamos esto -y abre los brazos abarcando la habitación...

Lo más curioso, era el relato frío que hacían de una larga sucesión de pulsos y derrotas. Huelgas perdidas, despidos, listas negras... Estaban acostumbrados -me decían. Si te tumban, es sólo cuestión de ponerse en pie, no pasa nada. ¿Y qué es el anarquismo, qué puedo leer? -les preguntaba. El anarquismo es esto -me respondían golpeándome la frente con el índice-, lee lo que quieras. Podemos hacer todo lo que pretendamos en este mundo -afirmaban- basta con quererlo, joder. ¿Y por qué ya nadie es anarquista?... Entonces me miraban con tristeza apagada, furiosa. -Hubo una guerra. Murieron, los mataron, los exiliaron, y sólo nos salvamos nosotros, que tuvimos más suerte, o más cuidado, o más miedo... no sabemos por qué no vuelven los jóvenes, a nadie parece interesarle el sindicato, será culpa nuestra.

Los jóvenes que reorganizábamos "el sindicato", soló levantábamos su sombra. Eran los tiempos de "los sindicatos", de las banderas rojas, del partido, de la doctrina correcta y la interpretación científica de la Historia. La CNT no salía del raquitismo, y así sigue dignamente delgada en su fanatismo. Sus hombres y mujeres de la generación de la guerra, hoy en su mayor parte desaparecidos, fueron como los últimos mastodontes, seres a extinguir por la modernidad. Y los Historiadores se están encargando de cumplir la misión de enterradores, con un dictamen seco y contundente: lo que dicen esos hombres, es mentira. No existieron. Son obreros, no saben escribir, no entienden de ciencia, somos nosotros, que no estuvimos allí, los que podemos explicar qué pasó, y por qué ocurrió lo que ocurrió, que en realidad no pasó. Yo he escrito una tesis. Olvidaros de ellos, allí donde triunfaron llevaron la sociedad al desastre. Eso dicen los científicos, los intelectuales, los listillos.

Pero yo sé que eso es falso. Yo lo certifico. Yo los vi. Yo los toqué. Yo los escuché. No hubo personas en el mundo con más desprecio por la mentira que los viejos de la CNT. Para lo bueno y para lo malo, fueron veraces. Existieron, se organizaron, lucharon, vivieron, rieron y amaron. Todo es posible, ellos lo demostraron. Esa fue su herencia. Para silenciarlos, los tuvieron que matar.

Siempre en pie, la CNT.

por Jorge Gómez, obrero de la construcción, miembro de la CNT.

jueves, febrero 01, 2007

Reseña sobre "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española", por Jesús Tapia en "Encuentros con las letras"

Sabiendo que se han escrito ya miles de libros sobre la Guerra Civil Española, resulta tremendamente ambicioso un ensayo que trate de abordar el estudio de las diferentes corrientes historiográficas que se han ocupado de un asunto tan conflictivo. Pero esto es lo que hace Carlos José Márquez, y así, tras un capítulo inicial dedicado a precisiones conceptuales que el propio autor reconoce que puede resultar árido, ataca el estudio de las diferentes posiciones ideológicas desde las que se ha tratado nuestra guerra civil.

Comienza con el análisis de la historiografía franquista, cuyo leitmotiv es desacreditar el régimen republicano como ilegítimo y antiespañol, lo que convierte al golpe del 18 de julio en algo necesario y alejado de una vulgar intentona militar, para convertirlo en un Alzamiento Nacional.

No menos sutil es la primera historiografía izquierdista (escrita básicamente por comunistas) que centra su interpretación de la guerra casi en exclusiva en su carácter de movimiento popular antifascista.

Ante estas dos visiones tan irreductibles, surgió durante la Transición un grupo de historiadores que pretendieron elaborar una visión de consenso que consideraba nuestra guerra civil como una lucha fratricida cuya culpa recae en los extremistas de ambos bandos (fascistas y comunistas, por simplificar), mientras el resto de los españoles se vio atrapado entre ese fuego cruzado. Sostiene Carlos José Márquez que esta interpretación sólo ha podido mantenerse porque estos autores nunca abordaron a fondo el muy espinoso asunto de la violencia política (millares de asesinatos), llevando a los libros de historia uno de los principios básicos de la Transición: si queremos mantener el consenso, ciertas cuestiones es mejor no tratarlas.

Pero, como recientemente se han puesto en marcha iniciativas que pretenden recuperar la llamada Memoria Histórica, con obras que pretenden un recuento de las víctimas de ambos bandos, y como el resultado, aún provisional (quedan muchos barrancos y cunetas por excavar en nuestra historia), de esos relatos históricos es que la violencia franquista dobla en muertos a la republicana, inmediatamente ha surgido una respuesta de la historiografía neofranquista (liderada por Pío Moa y César Vidal) de cuyo análisis deduce nuestro autor que esta corriente es más franquista que neo, pues sus postulados insisten en la ilegitimidad de la República, ya sea por la violencia roja en los meses previos a julio de 1936, o por la revolución de 1934 o incluso por el resultado de las elecciones de abril de 1931. La República debía ser destruida.

La conclusión del ensayo para los interesados en análisis ponderados sobre la Guerra Civil es descorazonadora: después de miles de títulos escritos, son mayoría los redactados desde posiciones extremadamente partidistas.

Y además, me permito añadir, querido lector, que si acudes a una librería encontrarás en ella anaqueles llenos, mayoritariamente, de obras neofranquistas. Así que si por error o azar compras uno de esos libros, o una persona querida, con mejor voluntad que criterio, te lo regala, que sepas que son el fruto de autores muy prolíficos (publican dos o más títulos por año, prodigio admirable), pero que compensan ese defecto con una total ausencia de originalidad y que, con un poco de suerte, siempre encontrarás en casa una mesa que cojea.

Jesús Tapia

http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2006/09/
cmo-se-ha-escrito-la-guerra-civil_27.html

lunes, enero 29, 2007

Entrevista en Internet sobre "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española"

(Cuando en el mes de junio de 2006 se publicó Cómo se ha escrito la Guerra Civil española, la Fundación Andreu Nin tuvo a bien publicar en su web esta entrevista que la Editorial Lengua de Trapo remitió a los medios, aparte de publicar también en su propia web)



¿Cómo consideras tú que las diferentes interpretaciones de la Guerra Civil española influyen o determinan las tomas de posición políticas actuales?

Esta pregunta debería enunciarse al revés. Ya que no son las interpretaciones de la Guerra Civil las que determinan las tomas de posición políticas o ideológicas, sino que son las tomas de posición políticas o ideológicas las que determinan las interpretaciones de la Guerra Civil.
En el caso de la Guerra Civil, es muy evidente que la derecha española está haciendo buen uso de la historiografía neofranquista o parafranquista como parte de la construcción de su identidad colectiva. Y una identidad muy fuerte, frente a la que la izquierda partidista sólo es capaz de ir a la contra también cuando interpreta la guerra desde la historiografía. Creo que Paul Preston acertaba cuando dijo que del siglo XX español se había estudiado a la izquierda y los proyectos de reforma y de revolución, pero que era la derecha la que lo había dominado política e ideológicamente.

¿Crees tú que ese duro pasado que significó la Guerra Civil española es una fuente de ideologías en la vida del español común en el presente?

Sí, sin duda, como acabo de señalar.

De las diversas interpretaciones que circulan hoy en día acerca de la Guerra Civil española, ¿cuál crees que sea la(s) perspectiva(s) más saludable(s)?

Desde mi propia y personal opinión, creo que la interpretación que se está construyendo gracias al "Movimiento por la Recuperación de la Memoria Histórica" (MRMH) es la más saludable. Y "saludable" porque está permitiendo reconstruir la violencia estatal y paraestatal de la derecha española durante casi 40 años. Una violencia que no acabó con la Guerra Civil.
La derecha española tiene Paracuellos como uno de los lugares comunes de su discurso historiográfico e incluso político, pero, ¿cuántos progresistas españoles conocen los muchos Paracuellos que hubo en la zona franquista? Y los que lo conocen es en gran parte gracias a la labor del MRMH. En este sentido, su labor ha sido de verdadera salud política. Y no considero que las acusaciones que se le han hecho de "revanchismo" (no sólo por parte de los autores neofranquistas o parafranquistas, sino incluso por académicos vinculados a la izquierda partidista) se sostengan. Porque, como digo, tal "revanchismo" no puede serlo, ni por la Historia (nunca hubo un perdón de los perseguidos durante cuatro décadas a sus perseguidores: estos dieron una amnistía según sus condiciones tras la muerte de Franco), ni por la historiografía (insisto en que se trata de recuperar una historia silenciada y desconocida; lo que tiene desde luego sentido político, pero identitario, no "revanchista"). Si el MRMH es "revanchista", también lo son los procesos de beatificación de clérigos asesinados durante la Guerra Civil; pero en ambos casos se trata de reafirmar identidades políticas.
Además de esta interpretación, me gustaría destacar ciertos autores que han publicado obras que yo considero revisionistas en un sentido historiográfico estricto. Por un lado, Michael Seidman, que, en su libro A ras de suelo, daba una interpretación historiográfica desde el individualismo y el materialismo no sólo original, sino que puede empezar a derribar muchos lugares comunes. Y tengo pendiente de lectura el trabajo de Chris Ealham titulado La lucha por Barcelona sobre la conflictividad social en Barcelona desde 1895 hasta la Guerra Civil: sólo lo he "calado", pero creo que no me va a decepcionar.

¿Crees tú que las generaciones más jóvenes de españoles aún sufren las secuelas de la Guerra Civil española, o estas están presentes aunque sea indirectamente?

En mi opinión, sí, las consecuencias de la Guerra Civil aún están presentes en la sociedad y en la política españolas. Sobre todo, para la definición de identidades colectivas: si se compara el mapa electoral español desde 1977, habría más de una coincidencia entre las zonas que apoyaron a cada bando después del 18 de julio de 1936 y el apoyo actual a la izquierda o la derecha partidistas. Para las generaciones más jóvenes, la guerra ha dejado de ser una presencia inmediata en sus vidas, a veces por el simple hecho generacional o biológico (no tienen ese abuelo en casa que les cuenta historias de la guerra o la posguerra, o que calla sobre ellas y se le quieren arrancar, por el simple hecho de que el abuelo murió o nació ya pasada incluso la posguerra), pero sigue siendo parte de su identidad política.
Sin embargo, esa identidad, entre lo que de común se denominan "izquierdas", se ve "contaminada" (por decirlo de algún modo) por el sentimentalismo (del que son buen exponente ciertos novelistas), del que resulta la simplificación política. Ahora mismo ha resurgido entre buena parte de la juventud izquierdista la reivindicación de la república. Pero, ¿qué república? Se ha reivindicado la fecha del 14 de abril, pero olvidándose el proyecto reformista de parte de los republicanos de 1931 (parece de nuevo, como opinaban muchos en 1931, que basta con poder elegir al jefe del estado para solucionar todos los problemas sociopolíticos que hay en el estado español), olvidándose también otros proyectos republicanos progresistas e incluso revolucionarios (y con los que yo me identifico), como el de los republicanos federales, o el de la "república social" de parte de la CNT, o el de la república socialista del POUM. Esto quiero decir cuando digo que los diversos proyectos republicanos se han difuminado en un vago sentimentalismo, movilizándose el neo-republicanismo bajo consignas difusas como la de la "profundización democrática" o la de la "ruptura democrática" o la de la "unidad antifascista" (cuando la democracia y el antifascismo son polisémicos, no se define ni la forma concreta de la democracia ni la del antifascismo). O la del "ciudadanismo" interclasista. Y esto lo considero como peligroso. No sólo porque puede debilitarse la propia identidad política frente al adversario, sino porque este neo-republicanismo puede ser instrumentalizado con facilidad. Quizá, por grupos que poco o nada tienen que ver con ninguno de los proyectos republicanos de 1931-1937. Y, quizá, para luchas oportunistas que poco o nada tienen que ver con el establecimiento de un régimen republicano en España. No en balde, los militantes de algunos de esos grupos rompían las banderas republicanas en las manifestaciones de la "Transición democrática", apaleando de paso a los que las portaban por "provocadores de extrema derecha".
Me gustaría señalar, y creo que es muy importante hacerlo, que no creo que esto sea una inevitable excepción casticista, o que haya una necesidad de "cerrar" o de "dejar para la Historia" la Guerra Civil (unos discursos que sirven a su vez para legitimar tomas de postura en el debate historiográfico sobre la guerra). Las guerras civiles suelen dejar consecuencias de larga duración en toda sociedad; no hay más que ver los Estados Unidos, donde aún se ven las consecuencias sociopolíticas de la Guerra de Secesión, sobre todo, en la definición de identidades colectivas. Pero lo mismo ocurre en el Reino Unido: las guerras civiles del siglo XVII aún alimentan identidades colectivas, no sólo en Irlanda del Norte, con tres décadas de otra guerra civil a fines del siglo XX, sino en Escocia, con el resurgir del nacionalismo escocés y el establecimiento de un régimen de autogobierno. Lo mismo ocurre en Grecia o en Italia, donde sus guerras civiles (la italiana de 1943-45, la griega de 1945-49) han definido el régimen político y las identidades políticas hasta la década de 1990 e incluso hasta hoy día. Y en todos esos países el debate sobre su guerra civil ni se ha "cerrado" ni se ha "dejado para la Historia" (o sólo para los historiadores), sino que es un debate tanto del gran público como de los especialistas, aunque sí se tiende a considerarlo siempre como un momento excepcional en la Historia.

¿Cuáles fueron las dificultades, si es que las hubo, de tipo documental o en el ámbito de los prejuicios con que te has encontrado a lo largo de tu riguroso trabajo de documentación acerca de la Guerra Civil española?

Al ser este ensayo de carácter bibliográfico, no tuve problemas con el acceso a los fondos documentales. Tampoco me encontré con prejuicios en las personas que me han ayudado a escribirlo, incluso tuve con algunas de ellas un debate franco y leal desde posiciones historiográficas y políticas distintas de la mía, que me han ayudado a perfilar ciertas ideas.
Pero, con la misma franqueza, algunas de estas mismas personas me han advertido de que el ensayo puede ser muy mal recibido por determinados personajes del mundo académico y mediático, no sólo de la derecha, sino de la izquierda partidista. Era algo que yo ya sabía, porque conozco a algunos de ellos, después de años de vida académica. Para unos y otros, en última instancia, su interpretación de la Guerra Civil se justifica desde un punto de vista moral. Y el moralismo historiográfico (y nombro el pecado, no el pecador) no puede aceptar otras interpretaciones de la Historia distintas a la suya; la suya es la única buena, la sanciona la moral, las demás son malas, las condena la moral. Y el moralismo historiográfico, sea del signo político que sea, no acepta que se muestren las determinaciones políticas e históricas de las interpretaciones que establece, ni que pretendan afirmarse otras interpretaciones asociadas a otros valores.
Ante este panorama, debo mostrar de nuevo mi reconocimiento a quienes han aceptado que su nombre aparezca en los agradecimientos del libro. Pero también mi reconocimiento a la Editorial Lengua de Trapo y a todas las personas que en ella trabajan. No todas las editoriales hubieran aceptado publicar este trabajo, ya no por prejuicios, sino por miedo a los prejuicios. A pesar de que he intentado hacer una obra lo más rigurosa y honesta posible.

http://www.lenguadetrapo.com/

http://www.fundanin.org/marquez1.htm