viernes, septiembre 26, 2008

"Si te dicen que caí": ¿la mejor novela del siglo XX?

Entre las décadas de 1940 y de 1960, la CNT y la FAI habían quedado reducidas a organizaciones de exiliados que no podían contar con el apoyo humano y material de estados amigos (en los contextos sucesivos de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría). Esto marcaba una diferencia con el PSOE (otra organización de exiliados) y con el PCE (aparte el hecho de que el PCE/PSUC no era una organización de exiliados, sino la única organización de las que habían formado el bando republicano que mantuvo una continuidad orgánica en el interior de España desde la derrota en la Guerra Civil y hasta el fin del régimen franquista).

El movimiento libertario no tuvo continuidad orgánica en España, sino por la acción de grupos de militantes aislados. Y aislados no sólo entre ellos mismos, también respecto al anarcosindicato (la CNT) y a la organización específica anarquista (la FAI). Ambas, como queda dicho, reducidas a organizaciones de exiliados. Esta continuidad devino en resistencialismo: la resistencia al franquismo transformada, ya no en un modo de vida, sino en una razón existencial. Y un resistencialismo libertario que ha reflejado en sus novelas un charnego arquetípico y antiguo militante comunista, Juan Marsé. En especial, en Si te dicen que caí.

En el prólogo a la primera edición española de Si te dicen que caí (la novela se tuvo que editar por vez primera en México en el año 1973 al ser censurada en España), Marsé afirmaba que su intención al escribir esta novela había sido enfrentar la “Historia oficial” con la “Historia popular”. Con este fin, adoptó como materia literaria los “mitos” de los barrios obreros de Barcelona (habitados por “charnegos, pero honrados”) durante la posguerra y, como forma literaria, la narración oral. Mitos como el de Carmen Broto, la "prostituta roja", que Marsé transfiguraba en la novela.

La narración oral se basaba en las “aventis” y en los recuerdos de un grupo de guerrilleros urbanos antifranquistas. Marsé definía “mito” como la oposición narrativa a una realidad conformada desde el poder: la derrota en la Guerra Civil supuso la destrucción de identidades personales y colectivas, excepto donde una historia oral enfrentada a una historiografía impuesta por el estado las reprodujo.

Las “aventis” eran historias que, en la novela, contaban los niños de los barrios a partir de rumores (sobre denuncias, detenciones, desapariciones y ejecuciones de la larga posguerra) y fragmentos de noticias de prensa, en las que el protagonismo lo tienen los derrotados en la guerra. Esas historias carecían de sentido, pero la realidad inmediata tampoco lo tenía, y las contaban unos niños que crecieron siendo víctimas de la violencia. Primero, la violencia de la guerra; luego, la de la posguerra. Violencia caracterizada como clasista, antes y después. Y aunque la de los anarquistas durante la guerra parezca tan arbitraria como la de los moros y los falangistas tras la ocupación, la de los primeros era contra los curas y los señoritos, y, la de los segundos, contra los obreros. Aparte el hecho (que se deduce por la narración) que los falangistas y la policía franquista no hicieron en Barcelona sino adueñarse de las checas tras la entrada en la ciudad para ejercer en ellas las mismas torturas que decían que los “rojos” habían ejercido en ellas.

En paralelo a las “aventis” la narración avanzaba con los recuerdos de un grupo de guerrilleros urbanos. Habían sido derrotados de forma absoluta en la Guerra Civil, pero no lo reconocían, tal era su convicción de que el régimen franquista no podía durar. Negaban la realidad hasta poner sus esperanzas en una imposible invasión de la España franquista por la Alemania nazi. Y era la misma negación que les había llevado a formar grupos de resistencia armada al franquismo, no el análisis de los intereses políticos o sociales en realizar dicha resistencia. Voluntarismo e irrealismo, pero no menos que el de quienes creyeron que la victoria militar de los nacionalcatólicos significaría el perdón. La paz (una paz de fusilamientos en masa) fue peor que la Guerra Civil para los perdedores, y sólo quienes reconocieron la evidencia de la derrota, no como los guerrilleros urbanos (un verdadero leit-motiv de la novela, el del irrealismo de estos guerrilleros), pueden romper con el barrio (es decir, con el espacio físico y social de los derrotados) y aspirar a adaptarse a las exigencias del nuevo régimen. Pero una maldición les impedirá disfrutar de su bienestar mesocrático de advenedizos, nada improbable venganza de Marsé contra las “nuevas clases medias”.

El grupo de guerrilleros que imaginó Marsé como protagonistas de Si te dicen que caí era heterogéneo en lo político. Lo formaban militantes de la FAI, del POUM, y del PSUC. Muchos de sus recuerdos remiten al enfrentamiento faccional de la guerra, en un cruce de reproches: la sentencia de “podredumbre faiera” (de la FAI) con la que el militante del PSUC describía la retaguardia revolucionaria catalana (incluida la violencia de las milicias de retaguardia) era paralela a las acusaciones que lanzaba de de “desorganización” de los “faieros”; los militantes del POUM reivindicaban frente al del PSUC el ser de los primeros en organizar la resistencia contra el franquismo en Barcelona tras la toma de la ciudad y también de los primeros en organizar la resistencia contra el nazismo en el exilio en francés, pagando el honor con sus vidas mientras que otros antifascistas se escondían; los militantes de la FAI reprendían a un antiguo policía de la Generalitat catalana (de quien no se dice su militancia) por haberse dedicado como agente del SIM a salvar curas y monjas so pretexto de que habían votado a partidos republicanos, y respondían al del PSUC que, si las milicias de retaguardia se hubieran empleado más a fondo y hubieran contado con más apoyos, se hubiera “limpiado” la retaguardia y no se habría perdido la guerra; y, de fondo de la polémica, el continuo recuerdo de los “hechos de mayo” de Barcelona en 1937 y de la represión del “partido de orden” republicano contra los anarquistas y los poumistas (la “escabechina de los pañuelos rojos”, la llamaba uno de los niños protagonistas), con la “espionitis” que hubo en la retaguardia creada por los agentes rusos que hablaban de complots anarquistas. En realidad, se trataba de una continuidad de las luchas faccionales que hubo durante la Guerra Civil en la zona republicana, y respondían a las fidelidades a la propia organización, no a diferencias de ideología o de práctica política. Patriotismo de organización, en suma, del que parecía escaparse algún anarquista que protestaba porque hubiera burocracia incluso en el grupo guerrillero, un comentario en consonancia con referencias sueltas a los “amigos de Durruti”. Pero, a pesar del patriotismo de organización, pertenecían a dos comunidades superpuestas: la de los derrotados y la de los barrios obreros barceloneses. Este doble sentido de comunidad, indisoluble, trascenderá la inutilidad (y el salvajismo) de más de una década de resistencia armada, la corrupción de los ideales cuando estos fueron reemplazados por la lucha por la supervivencia (y los atracos pasaron de ser un medio de financiación a un medio de vida), y las mezquindades (pequeñas y grandes) de cada organización. Y será lo único que permita mantener el recuerdo de los guerrilleros que caigan en combate. Porque no todos tendrán siquiera la posibilidad de que su nombre sobreviva en las hemerotecas, como Quico Sabaté (que también aparece en la novela). El militante del PSUC incluso llegaría a realizar atracos a mano armada, una práctica que le enfrenta a la línea oficial de su propio partido. Y, al tiempo que decía que él nunca sería el igual de los de la FAI y critica baa los seguidores de Federica Montseny, mandaba a Toulouse parte del dinero de sus atracos.

Los dos niveles de la narración en Si te dicen que caí se iban confundiendo poco a poco a lo largo de la novela hasta hacerlo del todo en el final: las “aventis”, como los recuerdos, aunque fueran una distorsión de la realidad, demostraban que aquellos hombres existieron. Existieron aquellos que empeñaron su juventud en la guerrilla antifranquista, en una lucha inútil sostenida sólo por esperanzas sin fundamento. Aquellos que esperaron ayudas exteriores que no llegaron. Que arrastraron la convicción irrealista de que la dictadura no duraría durante tres décadas, y de que ellos pasarían de ser los derrotados a ser los vencedores, repitiéndosela como viejos incapaces (no ya de acción guerrillera alguna, sino siquiera de imaginar cómo se hacían), a sus hijos y a sus nietos: “Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, soñando como niños”.