lunes, enero 29, 2007

Entrevista en Internet sobre "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española"

(Cuando en el mes de junio de 2006 se publicó Cómo se ha escrito la Guerra Civil española, la Fundación Andreu Nin tuvo a bien publicar en su web esta entrevista que la Editorial Lengua de Trapo remitió a los medios, aparte de publicar también en su propia web)



¿Cómo consideras tú que las diferentes interpretaciones de la Guerra Civil española influyen o determinan las tomas de posición políticas actuales?

Esta pregunta debería enunciarse al revés. Ya que no son las interpretaciones de la Guerra Civil las que determinan las tomas de posición políticas o ideológicas, sino que son las tomas de posición políticas o ideológicas las que determinan las interpretaciones de la Guerra Civil.
En el caso de la Guerra Civil, es muy evidente que la derecha española está haciendo buen uso de la historiografía neofranquista o parafranquista como parte de la construcción de su identidad colectiva. Y una identidad muy fuerte, frente a la que la izquierda partidista sólo es capaz de ir a la contra también cuando interpreta la guerra desde la historiografía. Creo que Paul Preston acertaba cuando dijo que del siglo XX español se había estudiado a la izquierda y los proyectos de reforma y de revolución, pero que era la derecha la que lo había dominado política e ideológicamente.

¿Crees tú que ese duro pasado que significó la Guerra Civil española es una fuente de ideologías en la vida del español común en el presente?

Sí, sin duda, como acabo de señalar.

De las diversas interpretaciones que circulan hoy en día acerca de la Guerra Civil española, ¿cuál crees que sea la(s) perspectiva(s) más saludable(s)?

Desde mi propia y personal opinión, creo que la interpretación que se está construyendo gracias al "Movimiento por la Recuperación de la Memoria Histórica" (MRMH) es la más saludable. Y "saludable" porque está permitiendo reconstruir la violencia estatal y paraestatal de la derecha española durante casi 40 años. Una violencia que no acabó con la Guerra Civil.
La derecha española tiene Paracuellos como uno de los lugares comunes de su discurso historiográfico e incluso político, pero, ¿cuántos progresistas españoles conocen los muchos Paracuellos que hubo en la zona franquista? Y los que lo conocen es en gran parte gracias a la labor del MRMH. En este sentido, su labor ha sido de verdadera salud política. Y no considero que las acusaciones que se le han hecho de "revanchismo" (no sólo por parte de los autores neofranquistas o parafranquistas, sino incluso por académicos vinculados a la izquierda partidista) se sostengan. Porque, como digo, tal "revanchismo" no puede serlo, ni por la Historia (nunca hubo un perdón de los perseguidos durante cuatro décadas a sus perseguidores: estos dieron una amnistía según sus condiciones tras la muerte de Franco), ni por la historiografía (insisto en que se trata de recuperar una historia silenciada y desconocida; lo que tiene desde luego sentido político, pero identitario, no "revanchista"). Si el MRMH es "revanchista", también lo son los procesos de beatificación de clérigos asesinados durante la Guerra Civil; pero en ambos casos se trata de reafirmar identidades políticas.
Además de esta interpretación, me gustaría destacar ciertos autores que han publicado obras que yo considero revisionistas en un sentido historiográfico estricto. Por un lado, Michael Seidman, que, en su libro A ras de suelo, daba una interpretación historiográfica desde el individualismo y el materialismo no sólo original, sino que puede empezar a derribar muchos lugares comunes. Y tengo pendiente de lectura el trabajo de Chris Ealham titulado La lucha por Barcelona sobre la conflictividad social en Barcelona desde 1895 hasta la Guerra Civil: sólo lo he "calado", pero creo que no me va a decepcionar.

¿Crees tú que las generaciones más jóvenes de españoles aún sufren las secuelas de la Guerra Civil española, o estas están presentes aunque sea indirectamente?

En mi opinión, sí, las consecuencias de la Guerra Civil aún están presentes en la sociedad y en la política españolas. Sobre todo, para la definición de identidades colectivas: si se compara el mapa electoral español desde 1977, habría más de una coincidencia entre las zonas que apoyaron a cada bando después del 18 de julio de 1936 y el apoyo actual a la izquierda o la derecha partidistas. Para las generaciones más jóvenes, la guerra ha dejado de ser una presencia inmediata en sus vidas, a veces por el simple hecho generacional o biológico (no tienen ese abuelo en casa que les cuenta historias de la guerra o la posguerra, o que calla sobre ellas y se le quieren arrancar, por el simple hecho de que el abuelo murió o nació ya pasada incluso la posguerra), pero sigue siendo parte de su identidad política.
Sin embargo, esa identidad, entre lo que de común se denominan "izquierdas", se ve "contaminada" (por decirlo de algún modo) por el sentimentalismo (del que son buen exponente ciertos novelistas), del que resulta la simplificación política. Ahora mismo ha resurgido entre buena parte de la juventud izquierdista la reivindicación de la república. Pero, ¿qué república? Se ha reivindicado la fecha del 14 de abril, pero olvidándose el proyecto reformista de parte de los republicanos de 1931 (parece de nuevo, como opinaban muchos en 1931, que basta con poder elegir al jefe del estado para solucionar todos los problemas sociopolíticos que hay en el estado español), olvidándose también otros proyectos republicanos progresistas e incluso revolucionarios (y con los que yo me identifico), como el de los republicanos federales, o el de la "república social" de parte de la CNT, o el de la república socialista del POUM. Esto quiero decir cuando digo que los diversos proyectos republicanos se han difuminado en un vago sentimentalismo, movilizándose el neo-republicanismo bajo consignas difusas como la de la "profundización democrática" o la de la "ruptura democrática" o la de la "unidad antifascista" (cuando la democracia y el antifascismo son polisémicos, no se define ni la forma concreta de la democracia ni la del antifascismo). O la del "ciudadanismo" interclasista. Y esto lo considero como peligroso. No sólo porque puede debilitarse la propia identidad política frente al adversario, sino porque este neo-republicanismo puede ser instrumentalizado con facilidad. Quizá, por grupos que poco o nada tienen que ver con ninguno de los proyectos republicanos de 1931-1937. Y, quizá, para luchas oportunistas que poco o nada tienen que ver con el establecimiento de un régimen republicano en España. No en balde, los militantes de algunos de esos grupos rompían las banderas republicanas en las manifestaciones de la "Transición democrática", apaleando de paso a los que las portaban por "provocadores de extrema derecha".
Me gustaría señalar, y creo que es muy importante hacerlo, que no creo que esto sea una inevitable excepción casticista, o que haya una necesidad de "cerrar" o de "dejar para la Historia" la Guerra Civil (unos discursos que sirven a su vez para legitimar tomas de postura en el debate historiográfico sobre la guerra). Las guerras civiles suelen dejar consecuencias de larga duración en toda sociedad; no hay más que ver los Estados Unidos, donde aún se ven las consecuencias sociopolíticas de la Guerra de Secesión, sobre todo, en la definición de identidades colectivas. Pero lo mismo ocurre en el Reino Unido: las guerras civiles del siglo XVII aún alimentan identidades colectivas, no sólo en Irlanda del Norte, con tres décadas de otra guerra civil a fines del siglo XX, sino en Escocia, con el resurgir del nacionalismo escocés y el establecimiento de un régimen de autogobierno. Lo mismo ocurre en Grecia o en Italia, donde sus guerras civiles (la italiana de 1943-45, la griega de 1945-49) han definido el régimen político y las identidades políticas hasta la década de 1990 e incluso hasta hoy día. Y en todos esos países el debate sobre su guerra civil ni se ha "cerrado" ni se ha "dejado para la Historia" (o sólo para los historiadores), sino que es un debate tanto del gran público como de los especialistas, aunque sí se tiende a considerarlo siempre como un momento excepcional en la Historia.

¿Cuáles fueron las dificultades, si es que las hubo, de tipo documental o en el ámbito de los prejuicios con que te has encontrado a lo largo de tu riguroso trabajo de documentación acerca de la Guerra Civil española?

Al ser este ensayo de carácter bibliográfico, no tuve problemas con el acceso a los fondos documentales. Tampoco me encontré con prejuicios en las personas que me han ayudado a escribirlo, incluso tuve con algunas de ellas un debate franco y leal desde posiciones historiográficas y políticas distintas de la mía, que me han ayudado a perfilar ciertas ideas.
Pero, con la misma franqueza, algunas de estas mismas personas me han advertido de que el ensayo puede ser muy mal recibido por determinados personajes del mundo académico y mediático, no sólo de la derecha, sino de la izquierda partidista. Era algo que yo ya sabía, porque conozco a algunos de ellos, después de años de vida académica. Para unos y otros, en última instancia, su interpretación de la Guerra Civil se justifica desde un punto de vista moral. Y el moralismo historiográfico (y nombro el pecado, no el pecador) no puede aceptar otras interpretaciones de la Historia distintas a la suya; la suya es la única buena, la sanciona la moral, las demás son malas, las condena la moral. Y el moralismo historiográfico, sea del signo político que sea, no acepta que se muestren las determinaciones políticas e históricas de las interpretaciones que establece, ni que pretendan afirmarse otras interpretaciones asociadas a otros valores.
Ante este panorama, debo mostrar de nuevo mi reconocimiento a quienes han aceptado que su nombre aparezca en los agradecimientos del libro. Pero también mi reconocimiento a la Editorial Lengua de Trapo y a todas las personas que en ella trabajan. No todas las editoriales hubieran aceptado publicar este trabajo, ya no por prejuicios, sino por miedo a los prejuicios. A pesar de que he intentado hacer una obra lo más rigurosa y honesta posible.

http://www.lenguadetrapo.com/

http://www.fundanin.org/marquez1.htm

jueves, enero 25, 2007

Nación y moderantismo

En España, el moderantismo impuso una definición peculiar de nación.

Como liberales, los moderantistas asumieron la definición liberal/francesa de "nación". Pero la despojaron de su carácter revolucionario: el moderantismo no sólo no era demócrata (la redefinición democrática del liberalismo político no se inició hasta la década de 1860), sino que era antidemocrático, además de antirrepublicano y antisocialista. El origen del moderantismo estaba en la década de 1830, cuando se estableció un "programa mínimo" entre los más moderados de los realistas y los más moderados de los liberales para hacer frente a la doble amenaza de los tradicionalistas y de los liberales revolucionarios. Ocurrió así que el moderantismo reorganizó la sociedad y la economía según principios liberales, pero para mantener la jerarquía tradicional, y con sentido contrarrevolucionario en lo político.

La ciudadanía se identificó en el moderantismo con la élite estatal. Sólo eran miembros de la nación, en tanto que (supuestos) creadores de la riqueza de esta, los grandes propietarios (y no los pequeños propietarios, como en el demo-republicanismo francés). Era un cuerpo social muy reducido, y en el que los ciudadanos no dejaban de ser súbditos, desde el momento en que el "programa mínimo" moderantista incluyó a la monarquía como garante supremo del orden y la paz sociopolíticas, participando incluso en el pacto social como un sujeto político frente a la nación (como en los estatutos reales o cartas otorgadas). Súbditos, además, católicos: en el "programa mínimo" moderantista, la nación española se identificaba con la religión. Y ese cuerpo social tan reducido no sólo se arrogaba la representación de toda la sociedad, sino que, al constituirse en poder soberano por el pacto social, usó esto en su beneficio directo

[En las elecciones legislativas de 1834, realizadas tras promulgarse el Estatuto Real moderantista, votó menos del 1% de la población. En las elecciones posteriores a la promulgación de la Constitución canovista de 1876 y hasta que los gobiernos de Sagasta introdujeron el sufragio universal masculino después de 1885 votaba menos del 5% de la población].

El centralismo español, con un poder central en el que no había más que representación política de una élite estatal cerrada, no fue el instrumento para igualar y unificar en un único Derecho nacional los territorios divididos y jerarquizados hasta entonces por los privilegios del Antiguo Régimen (de nuevo, como en el demo-republicanismo francés). Sin que la Constitución o la representación nacional parlamentaria pudiesen ser límites al centralismo, a una tiranía de nuevo tipo, distinta de la tradicional (otra vez la comparación con el modelo de democracia republicana francesa): las constituciones (concreción del pacto social) se hacían a la medida de la élite estatal. Para fines de la década de 1880, cuando los gobiernos del liberalismo dinástico introdujeron el sufragio universal masculino, el desarrollo práctico de la idea moderantista de nación (manipulación de las elecciones en provincias; uso de los gobernadores civiles como instrumento directo del gobierno central y responsable sólo ante él en cada provincia; uso de la Guardia Civil para la ocupación interior de España; diseño de una red de ferrocarril radial para aplastar insurrecciones en provincias) hacía que sólo la destrucción del estado español garantizase el fin de la nueva tiranía.

Con esos límites teóricos y prácticos al desarrollo de la idea liberal de "nación", y límites del todo contrarrevolucionarios, los moderantistas permitieron la extensión de la definición reaccionaria de este concepto, bloqueando la revolucionaria.

miércoles, enero 03, 2007

El populismo alemán

El nacionalismo romántico/reaccionario/alemán se basaba en dos ideas, "cultura" (Kultur) y "pueblo" (Volk).

Frente a la idea ilustrada de la civilización como un hecho universal, la de "cultura" proponía que cada nación tenía unas características propias y únicas, siendo las de la propia nación la que le otorgaban su superioridad sobre las demás naciones, y las que daban no sólo unidad al "pueblo", sino capacidad de ser un sujeto histórico en tanto que sujeto creador. De esto último se deriva la famosa fórmula de "un imperio es una nación creadora", propia no sólo de los fascistas, sino de los reaccionarios de toda Europa.

[Uno de los primeros románticos alemanes, Novalis, escribió un poema en prosa, "La Cristiandad o Europa", que se ha interpretado como una propuesta de utopía tradicionalista, medievalizante; pero también puede interpretarse como un lamento por la perdida unidad de la civilización europea como civilización cristiana, rota de forma definitiva tras la Ilustración]

La deriva no sólo era imperialista: desde fines del siglo XIX, diversos movimientos políticos "populistas" (en el sentido que le daban los nacionalitas reaccionarios a "pueblo") afirmaban que el pueblo era la única comunidad orgánica en la que el individuo podía realizarse subordinando su individualidad a la autoridad nacional (una autoridad, por lo general, que se deseaba fuera antidemocrática, ya que sólo una minoría selecta podía gobernar según estos principios, aparte el rechazo al igualitarismo y al internacionalismo). Quienes rechazaran esto no eran sino alienados que acababan traicionado a su propia nación, y máximos responsables de todos los males de esta (y entre los que no se realizaban distinciones: con un ejemplo bien español, la conjura "judeo-masónica-homosexual-anarquista-marxista").

"Populista" en alemán es Völkisch. Los Völkisch fueron uno de los tres grupos que confluyeron en el Partido Nazi, junto a los nacional-revolucionarios como Goebbels o Jünger (partidarios de una "revolución nacional" realizada por los obreros y de carácter modernizador en tanto que desarrollaría la burocracia estatal en número, medios y atribuciones, aparte su carácter nacionalista y militarista, frente a la revolución propuesta por los "apátridas" internacionalistas) y elementos conservadores a la derecha de los bismarckianos como Goering o Carl Schmitt (estos últimos, los "nuevos derechistas" o "jóvenes derechistas", deseosos de mantener la jerarquía tradicional en particular y el orden social en general frente a la amenaza de una revolución internacionalista). El Partido Nacional-Socialista de los Trabajadores Alemanes no era sino la refundación de un partido Völkisch, el Partido de los Trabajadores Alemanes, en el que se integraron nacional-revolucionarios y "nuevos derechistas". De hecho, los Völkisch, con su discurso populista/nacionalista/pangermanista/antisemita fueron quienes aportaron el lenguaje común para que esos tres grupos pudieran entenderse y fusionarse.

martes, enero 02, 2007

Los Estados Unidos: ¿nación o pueblo?

Pero en los Estados Unidos no hay una idea de nación de origen francés/revolucionario o alemán/reaccionario. De hecho, los Estados Unidos, antes que como nacion, se definen como pueblo.

El pueblo es el sujeto político de la república constitucional. Al pueblo se pertenece por aceptar los términos de un contrato explícito y concreto desde su mismo origen, la Constitución; no se trata de un contrato abstracto/ahistórico en origen que hay que concretar a posteriori.

Aceptar la constitución originaria, y no defender unos valores, sean los del ciudadanismo ahistórico o los de una cultura histórica, es lo que define al pueblo en los Estados Unidos. Nótese una cosa: a pesar del deísmo de origen protestante de la mayoría de los estadounidenses, de su rechazo al ateísmo, de los persistentes recelos al catolicismo (sólo un presidente católico, y murió asesinado), de la fuerza de los grupos de presión evangelistas, los Estados Unidos no tienen religión oficial. No la necesitan para definir al pueblo. Igual que no necesitan una lengua oficial. Los Estados Unidos sólo se han planteado tenerla en dos momentos de su Historia: a finales del siglo XIX se planteó la cooficialidad del alemán con el inglés, por la avalancha de inmigrantes alemanes (también de la diáspora alemana de Europa, que hicieron del Medio Oeste y del Noroeste su tierra de promisión para una etnia reunificada en un curioso paralelo con el naciente sionismo), por el prestigio de la Alemania imperial y federal en una república federal con pretensiones imperiales; en la actualidad, quienes proponen la oficialidad del inglés lo hacen frente a la inmigración latinoamericana.

Una de las consecuencias de todo esto puede ser negar el genocidio de los nativos americanos: no sólo no eran miembros del pueblo, sino que no constituían tampoco un pueblo, después de todo.