lunes, febrero 26, 2007

Solidaridad con Dionisio Pereira


http://alasbarricadas.org/noticias/?q=node/4402

12 de Agosto de 2006, Verbo Xido, Asociación Ecologista y Cultural de Terra de Montes, organizo unas jornadas de recuperación de Memoria. Hablaron varias asociacións, se presento un libro de Dionisio Pereira, organizaron una ruta por lugares de la represión, y se descubrio una placa, colocada sobre una hermosa piedra labrada por un cantero local, en memoria de dos hombres, Francisco Arca y Secundino Bugallo, canteros y de la CNT, torturados y asesinados el 13 de Agosto de 1936 en una cuneta de Pedre.

No se sabe si los asistentes y las asistentes al homenaje lloraban de emoción o por el humo, ya que allí mismo alguien planto fuego en el monte hacía poco, y parecia provocado, pues prendieron fuego sobre quemado, que por allí ya ardiera hacía dos días, como parte de la tanda de incendios de este verano.

Más tarde alguien arranco la placa del homenaje, que Verbo Xido repuso otra vez en un nuevo acto, en el mes de Noviembre. Parece continuación de estos hechos que la Corporación Municipal de Cerdedo revisara y anulara, de manera no muy regular, un acuerdo previo que esijía la retirada de la placa con el nombre de un alcalde implicado en la represión.

E ahora presentaron doss denuncias contra Dionisio Pereira, por este párrafo de su libro sobre la represión fascista en la comarca de Cerdedo: "Personas señaladas por su presunta participación en diversas manifestacións de la represión: Angel, Luis y Manuel Gutiérrez Torres (jefe de la Falange, alcalde de Cerdedo en los años 40 y 50), Eligio y Francisco Nieto (falangistas)...." , y por otro párrafo semejante en las Actas del Congreso de Memoria de Narón.

Dionisio Pereira está citado a comparecer en el Juzgado de Paz de Cerdedo este Jueves día 15, a las 11 y a las 12. Le piden que se retracte, cosa que Dionisio no piensa hacer (como puede retractarse alguien de un trabajo de investigación?) y que indemnice a los familiares.

Extraido de www.unionlibertaria.org

Notas:

¿Quién es Dionisio Pereira?

Investigador y autor de varios libros, comprometido con la memória histórica y social de Galicia. Entre sus varios libros se cuenta un principo de enciclopédia del anarquismo en Galicia.


A onde podes enviar a tua SOLIDARIDADE?

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QUE ESTA INFAMIA NOM FIQUE IMPUNE!!

sábado, febrero 24, 2007

Terrorismo

Puede haber muchas formas de terrorismo. Pero en Occidente, a día de hoy, se entiende que “terrorismo” es sólo el de organizaciones armadas (no siempre paramilitares) ilegales. Sin embargo, esta es sólo una forma de terrorismo.

El terrorismo de las organizaciones armadas clandestinas consiste (obvio) en ejecutar terror político. Pero de modo discontinuo (diferencia importante con el terrorismo estatal o el terrorismo de los bandos de una guerra civil), y sin designar los objetivos del terror por su importancia o por su significación política, sino por ser objetivos fáciles (quizás la característica más definitoria del terrorismo frente a otras formas de violencia política, y que se ha ido haciendo más evidente a medida que se han ido desarrollando las tecnologías de vigilancia y control sociopolíticos). Dos cosas que, criterios éticos aparte, dificultan poder caracterizarlo como “lucha armada” (una caracterización que tiene mucho de justificación política e incluso moral: se supone que acabar con la represión o con la opresión de un colectivo exige una lucha armada inmediata sin más legitimaciones; pero, nótese, si la acción del comilitante o del cosimpatizante es “lucha armada”, la del oponente político o ideológico se deslegitima como “terrorismo”). El objetivo político último es coaccionar al estado por acciones que pueden caracterizarse no sólo de propaganda, sino de represalia o de protesta, aprovechando la resonancia que los medios de comunicación dan a este tipo de actos (incluidas las especulaciones de los periodistas “de opinión”).

Nótese: intentar coaccionar a un estado de esta manera supone, de forma implícita, reconocer que el poder actual del estado impide destruirlo, o impide reemplazar el régimen político y social existente mediante la toma del poder estatal (esto no es novedoso, sólo se ha hecho más evidente a medida que la industrialización ha proporcionado más recursos materiales, humanos y sociales a los estados: desde 1789, sólo han triunfado las revoluciones que se han producido en estados cuyo poder se estaba colapsando o se había colapsado). Aparte, la consecuencia para un movimiento político asociado a una organización armada clandestina sólo puede ser quedar hipotecado en el caso de que esta y el estado llegaran a algún tipo de acuerdo.

“Movimiento político asociado”. Las organizaciones armadas ilegales no son sólo minorías dentro de un colectivo político, sino verdaderas microsociedades aparte, cerradas, y muy reducidas en número. Pero que se arrogan por las armas la representación de un colectivo político mayor, e incluso de enteros grupos sociales. Este planteamiento no es ni siquiera el del vanguardismo bolchevique. En la tradición bolchevique, el vanguardismo, aparte de acción política y pública, supone dirigir, organizar, y adoctrinar a las masas por parte de una élite que aspira a usarlas para la toma del poder estatal, sin separarse de ellas en una microsociedad cerrada. Y esa asociación entre un movimiento político y una organización armada ilegal cae más pronto o más tarde en una contradicción que no se resuelve de forma fácil en la práctica: el de si la acción de masas del movimiento político debe subordinarse a la acción minoritaria (y minoritaria al máximo) del grupo armado, o al revés.

En los grupos armados clandestinos hay un rechazo implícito a toda política, incluso, entre los que se reclaman “marxistas-leninistas”, a la vanguardista de origen bolchevique. No sólo por su carácter clandestino, no sólo por su carácter minoritario también frente a quienes dicen representar y separado de estos, no sólo por tener en las armas su única legitimación. Sino por afirmar que el terrorismo es la única forma posible de enfrentamiento con los represores y con los opresores, ignorándose otras formas de enfrentamiento. Algunas, en la tradición de la acción directa, y que no excluyen la violencia (y una violencia también discontinua y muy localizada) en nombre de un pacifismo difuso e impracticable de tan abstracto: la huelga, la manifestación, o la autodefensa.

miércoles, febrero 14, 2007

¿Falsificar la historia es delito?


(Artículo publicado por Gregorio Morán el día 4 de marzo de 2006 en La Vanguardia, diario de Barcelona)


Una de las historias menos contadas de nuestros años del cólera son las referidas al sostén del nazismo posbélico. Cada vez estoy más convencido de que la historia del franquismo - nuestra historia con el franquismo, quiero decir-, aún está cubierta de una espesa costra de vergüenza familiar, lo que convierte a los historiadores oficiales en auténticos hipócritas que necesitarían sentarse en el diván y empezar el ritual con una jaculatoria al beato Freud, algo así como: mi padre fue un franquista que ganó la guerra y que durante muchos años tuvo conciencia de que el mundo estaba dividido entre vencedores y vencidos, y que por un azar de la historia, bendecido por el Papa y por la Iglesia y por todos sus obispos y cardenales menos un par, él eligió el bando de los buenos, o sea, los vencedores.


Los hijos de los ganadores en la guerra incivil escribimos la historia de España, ¡no digamos ya la de Catalunya!, y esto es un dato que debemos asumir todos y que nos condiciona; a unos para pasar página y hacerse una retrato a la moda; a otros a beneficio de inventario, porque esa historia se solventó - ¡ay, hace ya tantos años!- en la más radical adolescencia.


Por eso y otras muchas cosas, la gente, el común, el pueblo llano, que dicen ahora los flamantes neoilustrados del zapaterismo, no sabe nada del apoyo al nazismo en España después de su derrota en 1945. Por tanto, le sonará a chino saber que don Gregorio Marañón, el liberal por excelencia, fue prologuista entusiasta de las memorias de León Degrelle, un nazi belga, criminal buscado en su país, al que el Caudillo brindó protección. En Madrid, una de las librerías más importantes hasta los años sesenta se llamaba Bucholz y era propiedad de un nazi, oficial en la Legión Cóndor, que tenía contratado a Enrique Tierno Galván como asesor. Impresiona leer las cartas de don José, otro liberal por excelencia, renunciando a su traductora alemana por ser judía.


En abril de 1961, Hannah Arendt, la elogiada pensadora contra el totalitarismo, va a Israel para asistir al juicio contra Eichmann, el funcionario genocida, uno de los mayores responsables del asesinato de millones de judíos. Por esa misma fecha, en España, el diario probablemente más vendido y leído del momento, el formador de generaciones de periodistas llamados de raza, el popularísimo Pueblo, diario de la tarde, publicaba una serie de artículos que resumían el vomitivo panfleto de Paul Rassinier, La mentira de Ulises, en el que se niega la existencia de los campos de exterminio nazis. Era la aportación española durante los años del cólera a la defensa de la cultura católica y tradicional frente a las democracias judeomasónicas.


Si un supuesto historiador como el británico David Irving niega el genocidio judío que ejecutó el nazismo merece cárcel, aunque sólo sea porque alguien no puede orinar en la calle y menos aún sobre millones de muertos, y que sirva como una gracia, un chiste de la historia. Un blanqueador de asesinos es un colaboracionista y por tanto un cómplice, y dicho esto, debemos abordar la otra parte de la verdad. ¿Qué volumen de mentira es necesario para que un historiador vaya a la cárcel? ¿Cuántos crímenes ha de negar para que le caigan tres años, como a Irving? Es la pregunta del millón.


Pongamos un ejemplo de esos buscados para no ofender la sensible pituitaria de los historiadores que huelen. En Francia, dos responsables editoriales, Barbara Cassin y Alain Badiou, han tenido la audacia, y la dignidad, de rectificar en su editorial, nada menos que Seuil, al colega Pascal David, encargado de preparar la Introducción a la metafísica, donde la figura de Heidegger aparece como un opositor al nazismo. Es un asunto grave y vinculante y que entre nosotros fue como una asignatura pendiente. Cuando apareció el libro del chileno Víctor Farías sobre la vinculación entre el filósofo alemán y el nazismo, aquí hubo una auténtica feria de despropósitos. Me acuerdo de los gestos de algunos ilustres intelectuales: “Qué importa que Heidegger coqueteara con el nazismo... si era un inmenso filósofo”. Lo inquietante es cómo se puede ser un inmenso filósofo y creer en el nazismo. Eso no se explica; sería tanto como explicarse a sí mismo y entre nuestras verdades reveladas está que los mediocres pensadores españoles de la época ejercían de franquistas sin saberlo.


Negar un crimen en el que se ha sido cómplice está penado por la ley. Es obvio, pero nos plantea un tema añadido; cómo hacemos para abordarlo. Nuestro borrascoso pasado hemos de explicarlo y al tiempo bordear la norma que llevaría a los tribunales a quien tuviera el valor de desenmascarar la impostura. Al parecer los actuales grupos que conforman la mayoría en las Cortes españolas han redactado un texto evocador del 23-F en el que se señala la actitud valiente de partidos, instituciones y ciudadanía frente a los golpistas. Me parece una estafa más de las que nos tienen ya acostumbrados, porque si algo resulta llamativo en el 23 de febrero de 1981 es la consecuencia palpable del proceso que conforma la transición: la gente mira cómo los que saben conducen la situación. La absoluta ausencia de reacción en la ciudadanía, fuera de escuchar la radio y ver la televisión, es el espejo del proceso de la transición y su fenómeno más palpable.


Ahora que se grita mucho sobre la reacción frente al golpismo, convendría recordar que el giro que supuso el 23-F fue un baño de humildad sobre el cuerpo entero de la sociedad española, de arriba abajo. Fue la Loapa, la ley que rebajaba un montón de pretensiones, indefendibles si no es con millones de ciudadanos en la calle. Me recuerdo en Bilbao presenciando la manifestación que el PNV había convocado días más tarde; un gesto sin la más mínima trascendencia política, salvo contentar a la parroquia. La mentira se ha instalado en nuestras crónicas del pasado como un virus.


Es imposible detectar ya el volumen de la fantasmagoría; incluso situaciones que uno ha vivido han cambiado de sentido. El oficio de escribir la historia convertido en ejercicio de prestidigitación.


A bote pronto, me acuerdo del lehendakari Garaikoetxea desaparecido y al PNV de Xavier Arzalluz buscándole. También, del entonces radicalísimo Patxi Letamendia agarrando una barca para llegar a Francia y recogido por la Guardia Civil del mar porque se había perdido. Me acuerdo de tantas escenas cómicas y patéticas en torno de aquel 23-F, donde había quien hacía pasaportes para sus hijos pequeños en la convicción de que aquello iba a ser el Chile de Pinochet. Y esto no podía ser el Chile posrevolucionario porque aquí ni hubo revolución ni podía haber Salvador Allende, y por tanto lo único factible se reducía a recogerte en tu casa y esperar los acontecimientos. No había heroísmo, tan sólo perplejidad. Fuimos un quiste de la historia y además resultó que ni siquiera era maligno, sino adiposo, añadido, vulgar, y a veces, en horas bajas, pienso que quizá innecesario. Ése es el lado patético de nuestra historia, que cumplidos nuestros objetivos nada de lo que hicimos sirvió para llegar a ellos, o al menos eso nos explican los que estaban al otro lado de la barricada, quiero decir, los que podían matarte o condenarte a cárcel de por vida.


Estamos, lo digo con sarcasmo, en pleno proceso de sovietización de la historia; aquel, que el historiador Pokrovski resumía con desvergüenza: “La historia es la proyección de la política hacia el pasado”. La cosa es tan grave que incluso uno se interroga sobre lo evidente, aquello sobre lo que tiene certezas inamovibles. Incluso he buscado fotos para ponerlas en la pared y fijar los hechos, reconocerse, como quien se cerciora antes de salir de casa de que el nudo de la corbata está ajustado y que el pelo no necesita doma.


Bastaría leer la crónica publicada en El País, el único diario que la dio, evocando los acontecimientos de febrero de 1956, en Madrid, narrados por una periodista imagino que joven y que de seguro sin zorra idea del asunto. Y no es culpa suya porque refiere un acto donde están algunos de sus jefes, con tal cúmulo de barbaridades históricas que uno se queda parado y da en pensar si no será así como quieren que se cuente su propia historia. Todos los que están en la foto de El País en homenaje y recordatorio de aquellas fechas terribles de febrero de 1956 eran militantes comunistas, desde Javier Pradera a Julio Diamante y pasando por Jorge Semprún, Sánchez Dragó y Enrique Múgica Herzog. ¿A qué viene esta confusión de los valores? ¿Se avergüenzan, acaso, del único momento en que fueron lo que querían ser? ¿Se niegan a asumir el papel de juguetes rotos de una historia que a Dios gracias no salió como pensaban?


Esos libros basura de los antiguos radicales convertidos ahora en piadosos defensores del sistema contra el que pretendidamente lucharon, ésos, merecen una condena, aunque sea simbólica y que yo cifraría en la obligación de pasar por el sillón del psicoanalista: echarse allá y empezar a largar de cómo fue posible que gente tan miserable fuera capaz de ganar la dignidad luchando. No es verdad que todos tengamos momentos de flaqueza, lo que sí es cierto es que hasta el mayor canalla puede asumir unos días de gloria.


Reinventemos de nuevo aquello que hicieron los arrepentidos fascistas de La Codorniz y abramos de nuevo una cárcel de papel, para incluir en ella a todos aquellos que mintiendo descaradamente sobre ellos mismo tratan de reescribir nuestra historia, sin ser conscientes, lo digo sin rencor, de que si son algo es gracias a su pasado. ¿O acaso alguien podría valorarlos hoy, después de tantas renuncias? A mí siempre me ha llamado la atención esa gente de mi generación que está bordeando el suicidio, que piensan noche tras noche si al final no habrá otra solución que matarse antes de la indignidad del silencio y la vejez.


Pero resulta que con el tiempo no sólo no se matan si no que un día se arman, van a por nosotros y nos dejan, acribillados de improperios, en la cuneta.


viernes, febrero 09, 2007

Existieron

(Un texto encontrado en Internet)

En los años de los 70 me di cuenta de que existían. Eran los viejos de la CNT. Se trataba de hombres en su mayor parte, también algunas mujeres, de manos grandes, piel tostada y y profundas arrugas, que estaban llegando a la edad en que un obrero se jubila. Cada viejo tenía un relato que contar, y se trataba casi siempre de un recuerdo interesante, jugoso. Veías pasar a González, un escayolista de culo gordo, mono blanco y sucio, y andar patoso. Había corrido como la pólvora el rumor de que en una obra había entrado "el jefe" pegando voces e insultando a todo el mundo. El tal González se había bajado de su andamio, se había dirigido hacia él, y le había dado un solo guantazo sin mediar palabra, que restalló en todo el edificio implantando un silencio serio, espeso y muy educado. Eran tiempos negros de Dictadura franquista, miles de hombres estaban en la cárcel por menos que eso. Pero el jefe no denunció a González. ¿Por qué?

Empecé a inadagar, y encontré otra historia, una historia que no tenía que ver con el partido comunista y con Rusia. Era siempre la historia de unos obreros manuales, de los que hoy serían llamados iletrados e incultos. Yo buscaba a los intelectuales, a los científicos, a los grandes líderes de extracción burguesa, y no los encontraba. Por motivos misteriosos, en los años veinte y treinta del siglo XX estos obreros se habían organizado en torno a un sindicato -la CNT-. ¿Por qué estábais en la CNT? -les preguntaba. -¿Por qué? Porque sí, qué tiene de raro -me contestaba Pedro.

Afiliándose al sindicato ellos mismos eran la CNT, y la CNT al mismo tiempo que existía por ellos, les daba vida otra vida a ellos. Escuelas, grupos de teatro, periódicos, bibliotecas, grupos de acción, de discusión... estaban muy organizados. Y habían sido derrotados en una guerra. Los supervivientes arrastraban el peso infame de esa derrota, con la marca del vencido que no se rinde, pero que ha perdido la esperanza. Eran tercos, pero los jóvenes tenían otros referentes: el partido, Mao, Cuba, desarrollo de las fuerzas productivas, imperialismo, alienación... Esos hombres y mujeres, que se decían de la CNT, anarcosindicalistas, eran "aliados objetivos de la reacción" según los cultos marxistas. ¿Reaccionarios? Pues a mí no me daba esa impresión. Parecían trabajadores corrientes.

Empecé a hablar con ellos, y siempre me sorprendían. Este se afilió con nueve años, porque con nueve años empezó a trabajar, y estaba deseando empezar a cotizar para ser un hombre. Esta mujer de rostro simpático me cuenta que en unos tiempos de moral rígida, siendo mocita bastaba con decir en casa que iban a la asamblea del sindicato, o que acudían al ateneo, para poder regresar a cualquier hora, porque el padre de mirada severa transigía con la tardanza si se realizaba al amparo del sindicato. Aquel me comenta cómo destruyeron una segadora burlando a la guardia, y cómo a raíz de aquello en la siega se implantó la jornada de cuatro horas. Otro más me enseña un revólver que parece sacado de una película del Oeste, "un recuerdo", me comenta. Uno estuvo en Mathausen, aquel en la liberación de París, este firmó el convenio de las treinta y seis horas semanales en el ramo de la construcción, José defendió Coria de los fascistas porque apañó un fusil y acabó en el campo de concentración de Albatera. Al "cojo" le dieron "el paseo", le dijeron que echara a andar para tirarle por la espalda, y cogió tal carrera que ni un galgo lo pillaba, y todos se ríen. "El niño de la Juani", fue el tesorero de la cooperativa, aquí están las cuentas. Bermejo me enseña cómo se parte un bloque de granito para darle el tamaño necesario con un mazo de tres kilos. Julián me explica cómo el sindicato designaba a los empresarios el número de parados a los que tenían que pagarle un jornal diario, trabajasen o no -eso lo dejábamos a cuidado del empresario, peor para él si no te daba faena-... Una foto con muchas mujeres sonrientes vestidas de negro... -son las compañeras, recogiendo fondos -me explica Luis "el camionero"-, nosotros estábamos en la cárcel... Fuimos a implantar el Comunismo Libertario, y nos confundimos de día y de hora, -y se ríen otra vez- ¡qué lío nos hicimos con las claves! Hicimos esta carretera, me escapé de la cárcel, fui un maquis, escribí un manifiesto, me dieron una paliza, a mí otra, y a mí otra, "alguien" mató al bicho del teniente... ¿Pero qué queríais? -les pregunto-... El precio de nuestro trabajo, la tierra, levantar casas, la libertad, destruir al Estado, fumar un cigarro, quemar el dinero, que no hubiera guardia civil, hacer un viaje, un vestido estampado, queríamos esto -y abre los brazos abarcando la habitación...

Lo más curioso, era el relato frío que hacían de una larga sucesión de pulsos y derrotas. Huelgas perdidas, despidos, listas negras... Estaban acostumbrados -me decían. Si te tumban, es sólo cuestión de ponerse en pie, no pasa nada. ¿Y qué es el anarquismo, qué puedo leer? -les preguntaba. El anarquismo es esto -me respondían golpeándome la frente con el índice-, lee lo que quieras. Podemos hacer todo lo que pretendamos en este mundo -afirmaban- basta con quererlo, joder. ¿Y por qué ya nadie es anarquista?... Entonces me miraban con tristeza apagada, furiosa. -Hubo una guerra. Murieron, los mataron, los exiliaron, y sólo nos salvamos nosotros, que tuvimos más suerte, o más cuidado, o más miedo... no sabemos por qué no vuelven los jóvenes, a nadie parece interesarle el sindicato, será culpa nuestra.

Los jóvenes que reorganizábamos "el sindicato", soló levantábamos su sombra. Eran los tiempos de "los sindicatos", de las banderas rojas, del partido, de la doctrina correcta y la interpretación científica de la Historia. La CNT no salía del raquitismo, y así sigue dignamente delgada en su fanatismo. Sus hombres y mujeres de la generación de la guerra, hoy en su mayor parte desaparecidos, fueron como los últimos mastodontes, seres a extinguir por la modernidad. Y los Historiadores se están encargando de cumplir la misión de enterradores, con un dictamen seco y contundente: lo que dicen esos hombres, es mentira. No existieron. Son obreros, no saben escribir, no entienden de ciencia, somos nosotros, que no estuvimos allí, los que podemos explicar qué pasó, y por qué ocurrió lo que ocurrió, que en realidad no pasó. Yo he escrito una tesis. Olvidaros de ellos, allí donde triunfaron llevaron la sociedad al desastre. Eso dicen los científicos, los intelectuales, los listillos.

Pero yo sé que eso es falso. Yo lo certifico. Yo los vi. Yo los toqué. Yo los escuché. No hubo personas en el mundo con más desprecio por la mentira que los viejos de la CNT. Para lo bueno y para lo malo, fueron veraces. Existieron, se organizaron, lucharon, vivieron, rieron y amaron. Todo es posible, ellos lo demostraron. Esa fue su herencia. Para silenciarlos, los tuvieron que matar.

Siempre en pie, la CNT.

por Jorge Gómez, obrero de la construcción, miembro de la CNT.

jueves, febrero 01, 2007

Reseña sobre "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española", por Jesús Tapia en "Encuentros con las letras"

Sabiendo que se han escrito ya miles de libros sobre la Guerra Civil Española, resulta tremendamente ambicioso un ensayo que trate de abordar el estudio de las diferentes corrientes historiográficas que se han ocupado de un asunto tan conflictivo. Pero esto es lo que hace Carlos José Márquez, y así, tras un capítulo inicial dedicado a precisiones conceptuales que el propio autor reconoce que puede resultar árido, ataca el estudio de las diferentes posiciones ideológicas desde las que se ha tratado nuestra guerra civil.

Comienza con el análisis de la historiografía franquista, cuyo leitmotiv es desacreditar el régimen republicano como ilegítimo y antiespañol, lo que convierte al golpe del 18 de julio en algo necesario y alejado de una vulgar intentona militar, para convertirlo en un Alzamiento Nacional.

No menos sutil es la primera historiografía izquierdista (escrita básicamente por comunistas) que centra su interpretación de la guerra casi en exclusiva en su carácter de movimiento popular antifascista.

Ante estas dos visiones tan irreductibles, surgió durante la Transición un grupo de historiadores que pretendieron elaborar una visión de consenso que consideraba nuestra guerra civil como una lucha fratricida cuya culpa recae en los extremistas de ambos bandos (fascistas y comunistas, por simplificar), mientras el resto de los españoles se vio atrapado entre ese fuego cruzado. Sostiene Carlos José Márquez que esta interpretación sólo ha podido mantenerse porque estos autores nunca abordaron a fondo el muy espinoso asunto de la violencia política (millares de asesinatos), llevando a los libros de historia uno de los principios básicos de la Transición: si queremos mantener el consenso, ciertas cuestiones es mejor no tratarlas.

Pero, como recientemente se han puesto en marcha iniciativas que pretenden recuperar la llamada Memoria Histórica, con obras que pretenden un recuento de las víctimas de ambos bandos, y como el resultado, aún provisional (quedan muchos barrancos y cunetas por excavar en nuestra historia), de esos relatos históricos es que la violencia franquista dobla en muertos a la republicana, inmediatamente ha surgido una respuesta de la historiografía neofranquista (liderada por Pío Moa y César Vidal) de cuyo análisis deduce nuestro autor que esta corriente es más franquista que neo, pues sus postulados insisten en la ilegitimidad de la República, ya sea por la violencia roja en los meses previos a julio de 1936, o por la revolución de 1934 o incluso por el resultado de las elecciones de abril de 1931. La República debía ser destruida.

La conclusión del ensayo para los interesados en análisis ponderados sobre la Guerra Civil es descorazonadora: después de miles de títulos escritos, son mayoría los redactados desde posiciones extremadamente partidistas.

Y además, me permito añadir, querido lector, que si acudes a una librería encontrarás en ella anaqueles llenos, mayoritariamente, de obras neofranquistas. Así que si por error o azar compras uno de esos libros, o una persona querida, con mejor voluntad que criterio, te lo regala, que sepas que son el fruto de autores muy prolíficos (publican dos o más títulos por año, prodigio admirable), pero que compensan ese defecto con una total ausencia de originalidad y que, con un poco de suerte, siempre encontrarás en casa una mesa que cojea.

Jesús Tapia

http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2006/09/
cmo-se-ha-escrito-la-guerra-civil_27.html