miércoles, octubre 31, 2007

Gregorio Morán y las Trece Rosas


(Del artículo de Gregorio Morán "La prensa se hace blanda", publicado en el diario de Barcelona La Vanguardia el día 19 de octubre de 2007)


(...) Aprovechando un reportaje sobre Las 13 rosas, las 13 adolescentes fusiladas por el franquismo el 5 de agosto de 1939, tema en el que ha basado su último filme Martínez Lázaro, a los agudos chicos y chicas de la publicidad del Dominical de El País, no se les ha ocurrido idea más brillante que vestir a las actrices del drama con simpáticos y modernos modelitos y complementos, sonrientes ellas bajo el título genérico de "13 rosas para la leyenda". Y lo que es aún más inaudito, como una lectora se indignara ante la humillante tropelía, un individuo que para mayor sarcasmo aparece como Defensor del lector y que firma Larraya, como si fuera poca la raya que se han pasado, justifica la humorada de esta guisa: "Las 13 jóvenes actrices que encarnan en la película a las militantes fusiladas posan en el reportaje como modelos... lo que es una práctica habitual en el Dominical, que dedica muchas páginas al estilismo. La llamada memoria histórica, que es siempre memoria personal, combina mal para esta lectora con la moda". Y el supuesto Defensor del lector acaba su exordio con esta frase inmarcesible: "que el árbol de la autocrítica no nos impida ver la selva de los medios". Hay frases que delatan a un mentecato; sin más. ¿Alguien se imagina un pase de modelos aprovechando un reportaje sobre Mauthausen, con vestidos de Valentino, bolsos de Louis Vuitton y sandalias de Loewe? Pues, lo mismo. La "llamada memoria histórica", que dice el de Larraya, es lo que a mí me impedirá ver un filme sobre "las 13 rosas", pese a la buena voluntad de su productor Pedro Costa. Porque forman parte de mi intimidad y ahí no entran películas. Yo me inauguré en el periodismo legal un jueves 24 de marzo de 1977 con un artículo en el que daba noticia de aquella terrible historia que se contaba por primera vez en la prensa española. Y como ya es muy tarde para ser inconsecuente no voy a ocultar mi desdén hacia los enmascaradotes de la realidad, porque de ellos podrá ser el reino de los cielos y el caviar y la trufa, pero nada más.

George Orwell ante sus calumniadores

Edición digital del folleto publicado en el centenario del nacimiento de Orwell, sobre la polémica de la supuesta participación del escritor británico en la "caza de brujas" anticomunista después de 1945:

http://www.ddtgatazka.com/pub/ddt/ddt/descargas/orwell2edicion.pdf

martes, octubre 30, 2007

El Valle de los Desconocidos

(Publicado en la edición digital del diario El País el día 21 de octubre de 2007)


El régimen exhumó fosas y trasladó al Valle de los Caídos, sin identificarlos y sin permiso de las famillias, a más de 20.000 muertos de ambos bandos.

-La relación de los caídos no ha sido informatizada casi 50 años después-

-El Valle de los Caídos se rige por disposiciones de 1957 no derogadas-

-Sólo el 12% de los consultados en Cádiz aceptó el traslado de restos-

-Dos comisiones para regular su régimen jurídico no se reunieron nunca-



En el mayor mausoleo de España, la memoria escrita de los caídos en la Guerra Civil no merece más consideración que una breve anotación contable. Tres gruesos volúmenes que descansan en el rincón de un armario de la biblioteca del Valle de los Caídos guardan la información disponible sobre la identidad inequívoca o incierta de un número de restos mortales que, según varios autores, podrían corresponder a más de -50.000 españoles. A su lado, unos pequeños cajones contienen fichas mecanografiadas con información suplementaria para los casos identificados. Posiblemente, ningún registro de víctimas de una guerra haya merecido tanto descuido en algún otro lugar de Europa.

Las anotaciones manuscritas se limitan a un inventario cronológico de la llegada de restos mortales al Valle de los Caídos. Esa información, casi 50 años después del primer apunte, no ha sido depurada, enriquecida, ni siquiera duplicada para evitar cualquier riesgo de desaparición. Todo lo relacionado con el Valle de los Caídos es impreciso. El propio monumento y su régimen jurídico subsisten en un tremendo vacío legal desde la muerte de Franco.

Un portavoz de Patrimonio Nacional asegura que este organismo carece de los planos del monumento, en poder de los herederos del arquitecto Diego Méndez. Los Gobiernos democráticos han actuado por omisión en lo referente a este recinto, como si no se atrevieran a tocarlo, a modificar su destino, como si fuera un fantasma administrativo, pero al tiempo que se olvidaron del monumento se olvidaron también de los muertos. De todos los muertos y de su memoria.

No existe una clasificación de las víctimas por orden alfabético. O por lugar de procedencia. No hay datos suplementarios salvo una sensación que salta a la vista de la lectura de los libros: los muertos republicanos están casi exclusivamente asignados al término "desconocido".

Toda la información está bajo la custodia de los 26 monjes benedictinos que gestionan la Basílica, uno de los cuales reconoce que han procedido a informatizar por su cuenta la información, sin asesoramiento técnico, sin subvención oficial para efectuar dicha tarea.

La cifra de restos mortales tampoco es exacta. No lo es porque la recogida de cadáveres, incluidos los del bando franquista, se hizo con escasos medios, cierta urgencia y poco cuidado en la mayoría de los casos. En el caso de los republicanos, el desprecio fue sistemático. El último apunte en el libro de registro da cuenta el 3 de junio de 1983 de la llegada de un ataúd procedente de Villafranca del Penedés (Barcelona). Tiene el número de orden 33.847, pero los propios monjes benedictinos dudan de que esa cifra refleje el total, entre otras cosas porque en los ataúdes colectivos se introdujeron restos sin precisar su número. Los historiadores han terminado por concluir que la cantidad de víctimas alojadas en el mausoleo estará entre 40.000 y 60.000. No puede descartarse que, junto a las tumbas de Franco y José Antonio, haya más republicanos que franquistas.

La recogida de víctimas de la guerra fue una actividad paralela a la propia construcción del Valle de los Caídos, coordinada desde el Ministerio de la Gobernación. Requirió de una gran logística para la época y duró, en su etapa de mayor intensidad, cerca de cuatro años. Pero no fue ni tan sencilla ni tan exitosa como sus promotores seguramente esperaron.

Debido a que la construcción de la Basílica y el Monasterio duró cerca de 20 años, la organización de los traslados experimentó varios cambios de criterio. Si la previsión inicial fue la de recibir exclusivamente a "mártires" del bando nacional, este criterio fue modificado en virtud del interés del régimen de Franco por obtener un mayor reconocimiento internacional. Para ello se hacía necesario que un monumento de apariencia grandiosa y estética sospechosa se convirtiera en un mausoleo dedicado a la reconciliación y aceptara víctimas "sin distinción del campo en el que combatieron, según el espíritu cristiano que inspira la magna obra".

El mecanismo del Estado se puso en marcha con intensidad a partir de 1958, según se acercaba la fecha de la inauguración del monumento. Las órdenes partieron del Ministerio de la Gobernación, que movilizó a gobiernos civiles, ayuntamientos, cuarteles de la Guardia Civil y autoridades eclesiásticas.

La condición expresa de que los restos a trasladar debían contar con el consentimiento de sus familiares nunca fue aplicada al caso de los caídos en el bando republicano, pero tampoco respetada en lo concerniente al bando nacional debido al escaso entusiasmo que suscitó ese llamamiento. Se publicaron anuncios en los periódicos locales y se dio publicidad a cada transporte de mártires, acompañados de honores militares y actos religiosos.

Las buenas intenciones iniciales quedaron aparcadas. Las primeras encuestas entre familiares databan de 1952 y no dieron resultados muy alentadores, a pesar de corresponder a caídos en el bando franquista. Un boletín de la Oficina Prensa Euzkadi (OPI), perteneciente al Gobierno vasco en el exilio, dio cuenta en uno de sus números de un artículo de la revista Time en el que se detallaba la airada reacción de los familiares de las 12.800 víctimas de los fusilamientos de Paracuellos del Jarama, opuestos al traslado.

Del pobre resultado de las encuestas entre familiares da cuenta también el historiador andaluz Fernando Romero Romero, que ofrece algunos datos en un artículo titulado Represión y muerte en la provincia de Cádiz, todavía no publicado. "En los cementerios municipales de la provincia", escribe Romero, "había 231 caídos cuyos familiares fueron consultados y sólo 27 (12%) estuvieron de acuerdo con el traslado". El escritor Daniel Sueiro, autor de Los secretos de la cripta franquista, da cuenta de algunas llamativas negativas al traslado, como fueron los casos de los familiares del arquitecto Arturo Soria y de Calvo Sotelo.

Ante las negativas, el Ministerio de la Gobernación solucionó esa resistencia silenciosa por la vía más expeditiva. Una comunicación del 31 de marzo de 1960 ordenó que si los familiares persistían en conservar las sepulturas a su cargo, "el Gobierno Civil dispondrá a medida que las circunstancias lo requieran su traslado al Valle de los Caídos". Quedaba derogada así la condición de la autorización familiar.

Con el bando republicano no hubo consideración de ningún tipo. Entre los casos más llamativos, Daniel Sueiro explica en su libro el caso de un padre y de su hijo, ambos militares. El padre, Antonio Escobar, general de la Guardia Civil, permaneció fiel a la República y fue fusilado en Montjuïc en 1940. Su hijo, el teniente de infantería Antonio Escobar, luchó al lado de Franco y cayó en Belchite. La petición familiar de que ambos cuerpos yacieran juntos en el Valle de los Caídos no fue respetada y "obtuvo como respuesta el inmediato traslado del hijo y el desdeñoso silencio en el caso del padre".

Las dificultades para reunir restos en número equiparable a la grandiosidad del mausoleo obligó a dejar a un lado cualquier delicadeza. Según explica la historiadora Carmen García García, que ha elaborado un censo de fallecidos en Asturias, se produjo un traslado masivo de restos procedentes de grandes batallas que ahorraban cualquier labor de identificación y sobre todo de autorización. En el mismo sentido se expresa otra historiadora, Queralt Solé, que ha investigado sobre los caídos en Cataluña.

La memoria de todos los caídos parece haber quedado en el olvido. No así el monumento y su significado. Ningún Gobierno de la democracia llegó a tocar el Valle de los Caídos, como si se tratara de una herencia maldita. El Gobierno de Calvo Sotelo, que dictó una ley reguladora del Patrimonio Nacional en 1982, evitó referirse al monumento expresamente y dispuso la creación de una comisión para resolver su situación legal. Esa comisión no se reunió nunca. Dos años después, en 1984, un real decreto del Gobierno socialista resucitó dicha comisión con idéntico encargo. Pero tampoco llegó a reunirse. Jurídicamente, la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, según expertos consultados, no existe aunque se la mencione reiteradamente.

El silencio oficial parece haberse roto esta semana en el debate parlamentario de la Ley de la Memoria Histórica. Socialistas y populares acordaron que el mauseoleo sea despolitizado y ciertos símbolos derribados.

Franco dispuso la construcción del Valle de los Caídos al año de su victoria militar. El decreto rezumaba retórica imperial: "Es necesario", dictaba, "que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido". El enorme escudo franquista labrado en esas piedras escolta desafiante el entorno de la Basílica casi 50 años después.


lunes, octubre 29, 2007

Concepto de "proletariado": más diferencias entre Marx y Lenin

Marx definió el proletariado como la única clase universal: el proletariado es la única clase social que no pretende sólo su emancipación como tal clase o que no pretende reproducir un dominio social, sino que aspira a emancipar a toda la Humanidad.

Lenin afirmó que la misión histórica del proletariado sólo podría realizarse mediante un partido que hiciese de todos los proletarios socialistas. Esta idea justificó incluso el terror rojo durante la guerra civil, al usarse para romper la "ley del mínimo esfuerzo" de los trabajadores, con la que no pudo romper los simples llamamientos de los bolcheviques.

"Prólogo" a "Cómo se ha escrito la Guerra Civil española", por Fernando Alonso Martínez


Hace ya treinta años José Martínez Guerricabeitia, fundador y director de Ruedo Ibérico, nos avisaba de lo que estaba por venir: «una verdadera guerra civil histórica». Este es el punto de partida del ensayo de Carlos José Márquez, la constatación de que la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, un elemento clave en la conformación de las diferentes culturas políticas contemporáneas, y como tal constituye un motivo de pugna permanente entre los grupos políticos que hubo y hay en las escena pública española. La Guerra Civil...: causa de discordia, arma arrojadiza, fuente inagotable de reproches..., en definitiva, y esto es lo relevante, suceso histórico legitimador de posiciones políticas. Ahí reside su vital importancia. El consenso historiográfico que se había alcanzado durante los años de la llamada Transición a la democracia ha comenzado a resquebrajarse. Aquella idea simplificadora que hacía de la Guerra Civil un triste y desafortunado enfrentamiento fraticida en el que los malos eran unos pocos (los fascistas muy fascistas, y los rojos muy rojos) y los buenos una desconcertada mayoría que pegaba los tiros sin saber muy bien por qué, ha dado ya de sí todo lo que podía. El conflicto se recrudece, los bandos toman posiciones, los cuarteles de invierno se vacían y, en el campo de batalla de las ideas, las armas se desenfundan. Basta hojear los periódicos, desayunar escuchando la radio o echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías: el debate historiográfico sobre la Guerra Civil no es un mero problema académico, la cosa ha ido siempre mucho más allá; como dice Márquez: «La historiografía es un campo de lucha política más [...], cada grupo político o social tiene una memoria colectiva propia confrontada, e incluso enfrentada, a las de otros grupos políticos y sociales».

Cada cual desentierra su hacha de guerra, los expertos y los tertulianos (o los expertos tertulianos, tanto da) disparan su verdad. Unos escriben contra los otros, y los otros escriben contra los unos. Todos parten de la seguridad de saberse en lo cierto, en eso se basan para vender su discurso. La historia se convierte en un afán de propietarios; y la objetividad, en el arma para que cada cual defienda su terreno. Las partes implicadas repiten sus letanías una y otra vez, las narraciones se vuelven soflamas, los argumentos, pataletas, y para el lector que no queda convencido o seducido, únicamente resta un ruido tedioso y ensordecedor.

«La idea de verdad pertenece a la retórica del poder», decía Bauman; también es el arma de los vencedores, digo yo. En nuestro caso, el arma de los que vencieron a la Revolución de 1936, de aquellos que primero ganaron la guerra, y de los otros que después ganaron la Transición. Hay un hilo que recorre el camino de aquellos días hasta los nuestros, hay un decir las cosas que va desde entonces hasta ahora. El poder y su narración. Este libro analiza los tratamientos que las distintas tendencias historiográficas han dado a la Guerra Civil, su manera de contarla y, a menudo, su manera de imponer ese relato. He aquí una cartografía en la que pueden rastrearse los orígenes y antecedentes de dichas tendencias, sus intersecciones, sus remakes, sus lugares comunes y, sobre todo, sus deficiencias teóricas, los puntos en los que proposiciones y argumentos fallan y la narración se desnuda, dejando al descubierto la ideología, simple y llanamente. De hecho, una de las tesis fundamentales del presente trabajo consiste en evidenciar cómo las dos principales líneas interpretativas, por un lado la franquista (incluidas todas sus posteriores versiones) y por otro la de la izquierda partidista, se encuentran en un punto crucial: la negación de la existencia de una Revolución en 1936. Desde ambas posiciones, representadas inicialmente por la «guerra nacional revolucionaria» de los comunistas de partido y la «cruzada» franquista, se procede a simplificar la complejidad inherente a aquella sacudida histórica, reduciendo los contextos a un enfrentamiento entre fascismo y antifascismo, o entre cristiandad y conspiración judeo-masónico-comunista. Con todos sus matices y distintos devenires, ambas historiografías «oficiales» se olvidan de la lucha entre reacción y revolución que fue el motor de la guerra, el trasfondo cotidiano de la vida y la política en aquellos años.

Como se verá, este reduccionismo es una constante en las historiografías estudiadas a largo de las páginas que siguen, y se pone claramente en evidencia, por ejemplo, en cómo todas pasan de puntillas y sin hacer ruido por acontecimientos tan transcendentales como la persecución y aniquilación del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) o los sucesos de mayo del 37, en los que se puso de manifiesto una vez más la existencia de un proceso revolucionario en la zona republicana: las barricadas levantadas en Barcelona, el asalto al edificio de la Telefónica o los tiros de las bases cenetistas a los altavoces por donde la voz de sus cuadros llamaba a la calma, dan idea de que no todo era tan sencillo.

Es verdad que una escasa y frecuentemente olvidada historiografía libertaria (casi siempre anarcosindicalista) sí dio cuenta de la experiencia revolucionaria y de la contrarrevolución que llevó a cabo el orden republicano; sin embargo, esta es una historia de derrotados y olvido (y de derrotados en el más profundo y dramático sentido: se perdió la guerra y se perdió la Revolución), y no una historia del poder, de ningún poder. Además, esta historiografía adolece de serios problemas metodológicos, ya que en muchas ocasiones tiende al personalismo (lógico, puesto que se vuelca principalmente en el formato de las memorias) y a la mitificación, faltando por lo general unas bases sólidas que posibiliten un debate historiográfico serio.

Si las deformaciones de la historia perpetradas por el franquismo —y, después, por sus herederos ideológicos— constituyen un hecho incuestionable, lo cierto es que la tergiversación es el signo bajo el que prospera también la historiografía académica de la izquierda partidista durante la Transición democrática. Allí, la interpretación que el PCE hacía de la República como precursora de las «democracias populares» da paso a la consideración de esta como una «democracia liberal en lo político y reformista en lo socioeconómico». Se niega, entonces, la voluntad revolucionaria de sindicatos, partidos y gran parte de la población (salvo en las acciones de ciertas minorías de «incontrolados»), y en su lugar se habla de la reacción defensiva de un sistema liberal amenazado por el fascismo. Este es uno de los puntos donde las tesis de nuestro autor se ilustran más fielmente: aún hoy la Guerra Civil sigue siendo fuente de legitimación de movimientos políticos. Los partidos constitucionalistas conformaron en la Transición un régimen demoliberal y reformista, en el que quedaban reconocidos los derechos sociales de sus ciudadanos y la autonomía de las regiones, y se legitimaba la exclusión de las minorías extremistas y violentas..., el perfecto correlato de su concepción de la Segunda República. El hoy se proyecta en el ayer y, en apariencia, al juzgarse el pasado desde los valores presentes, todo encaja. Pero no se puede pretender valorar y juzgar la Guerra Civil desde la moral y la cultura del último cuarto del siglo xx, no se puede a no ser que lo que se busque no sea entender lo que sucedió, si no describirlo e interpretarlo de forma tal que justifique lo que hay.

Quede pues claro lo que el lector va a encontrar de aquí en adelante: un trabajo riguroso, honesto y autónomo; ideas que toman partido sin comulgar con la verdad de nadie; un estudio que, visto el panorama, era absolutamente necesario, y cuya principal virtud es la de empezar la casa por los cimientos, fundamentando conceptos y desarrollando argumentaciones que nos llevan hasta la trastienda de las distintas historiografías analizadas. No habrá entonces cabida para las estridencias y las burdas polémicas a las que nos hemos venido acostumbrando. Este ensayo va un paso más atrás, apunta al preciso lugar en el que se gestan las narraciones para que podamos entenderlas pieza a pieza, y demolerlas si es preciso.

domingo, octubre 28, 2007

Capitalismo

Capitalismo: sistema económico caracterizado por organizarse como tal sistema para la producción de mercancías. Siendo "mercancía" todo bien producido para su venta en el mercado y no para el consumo propio.

Precondición del capitalismo es la existencia de capital. Siendo "capital" tanto el dinero como los medios de producción, las materias primas, o las mismas mercancías por las que un propietario obtiene un beneficio.

En el capitalismo, el trabajo pasa a ser una mercancía más, que el mismo trabajador pone a la venta en el mercado. Nótese que, en las economías precapitalistas, aunque se produjeran bienes para su venta en el mercado, no se ponía a la venta el trabajo.

Gregorio Morán: "El suicidio de Xirinacs"

(Artículo publicado en La Vanguardia, diario de Barcelona, el día 6 de octubre de 2007)


Hoy se cumplen dos meses de su muerte y aún es imposible reconstruir las circunstancias. Con una prisa más que sospechosa se ha pasado página y el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Esa hipocresía social -tartufismo lo denominan los cultos, que ofende menos- tan practicada por estas tierras ha dado a entender que las razones por las que no sabemos cómo se mató Xirinacs se deben a que ya no interesaba a nadie. Y a mí me da en pensar lo contrario, que probablemente había en la trayectoria y en la personalidad del mosén algo que inquietaba y que traía a la memoria demasiadas imágenes del álbum familiar.

Un hombre que tiene el valor de suicidarse no sólo merece un respeto, sino que para mí, que me considero un adversario de todo lo que predicaba mosén Xirinacs, exhibe un valor infrecuente en los tiempos que corren. En España, no digamos ya en Catalunya o Euskadi, donde el peso eclesial aplasta en su evidencia, no creo que se haya suicidado un político jamás de los jamases. Ni cuando le pillaron con las manos en la sólida masa financiera o en la blanda masa femenina. El maestro Jordi Pujol, que creó escuela en tantas cosas, siempre manifestó que los pecados de la carne y del dinero -patriótico, por supuesto- eran veniales. El suicidio es pecado, aseguran, y en este caso mortal, por eso resalto lo de Catalunya y Euskadi como países donde el peso de la Iglesia, más que la religión, han dejado una huella profunda desde el nacimiento del nacionalismo. Quizá eso explique las fórmulas elusivas, tartufescas, de los comentaristas ante el deseo inequívoco del mosén por suicidarse. "Se dejó morir en el bosque", "estaba muy enfermo y quería terminar sus sufrimientos", "tomó unas pastillas sedantes y se dejó ir plácidamente". Lo único evidente es que Xirinacs quiso dejar de vivir entre sus autosatisfechos conciudadanos y que por tanto decidió poner fin a su vida. Lo que en lenguaje común se denomina suicidio. Ése era su deseo. Que luego la Iglesia catalana se invente lo que le parezca, que para eso se pintan solos, y opten por un funeral con 17 sacerdotes oficiando, eso ya que cada uno lo valore como quiera. Debe ser el primer caso en la historia de España, no sólo de Catalunya, que un suicida tiene misa funeral por todo lo alto. Ojalá cunda el ejemplo de las misas y los suicidas creyentes, aliviarían muchas tensiones.

El día 6 de agosto, cuando cumplía exactamente 75 años, Lluís Maria Xirinacs abandonó su casa dejando un escrito en el que denunciaba la traición de los líderes catalanes a su pueblo por asumir la condición de esclavos de los estados español, francés e italiano. Esto del italiano tiene su aquél, porque l´Alguer sardo es un derecho de conquista, pero resulta peccata minuta porque chorradas de este tipo, con pretensiones históricas, el nacionalismo catalán radical las lleva diciendo desde hace décadas, en perfecta equivalencia al precursor fascismo español que representó en su tiempo el inefable Ernesto Giménez Caballero, adalid de la Hispanidad. Conviene tener presente que el padre de Xirinacs fue un notable activista de la causa franquista, detenido en varias ocasiones por conspirar contra la República y la Generalitat de Catalunya.

¿Cómo se mató Xirinacs? ¿Se ahorcó? Parece que no, por más que la primera información fuera ésa, lo que se tradujo en un bloqueo total sobre las circunstancias de su muerte. Un mosén, por más que renunciara a su condición en 1980, no deja de serlo nunca en esta vida, por tanto un mosén ahorcado no creo que tenga precedentes en la historia de la Catalunya catalana, como gustan ahora de decir los irredentos hijos de charnegos. Tampoco es fácil imaginarse a alguien con pastillas y una botella de Fontvella dispuesto a sentarse en el bosque e iniciar el trágala final. Me aseguran amigos íntimos, y me pasma que no se haya publicado ni una línea por ese tartufismo mesiánico de los filisteos de la información y de la política, me aseguran, digo, que su intención era alcanzar el Taga, vecino a Ribas de Freser, y ascender sus poco más de dos mil metros y asumir allí su final por inanición. Meditar sobre la muerte y la vida en aquello que se considera el bressol, la cuna, de la Catalunya nacionalista. Pero se quedó exhausto en la Collada de la Tuta, y allí se apostó para morir.

No sabemos cómo se mató, porque esa falacia para meapilas de se dejó morir encubre toda la mala conciencia de una clase política que usó de Xirinacs como un kleenex patriótico. Tenía un valor fuera de toda sospecha y una arraigada convicción de ser un profeta -Pujol, dixit-, un profeta airado y hasta impertinente, con esa inclinación que tienen los profetas de parroquia a la catequesis para simples. Le retrata su inolvidable intervención en el Fossar de las Moreras del 11 de septiembre del 2002: "¿Sabéis cuánto cuesta en régimen de clandestinidad encontrar la dinamita, pagarla o robarla, trasportarla, colocarla, y, encima, cuando lo tienen todo a punto, avisar de que la desactiven?... Lo hacen porque todavía ETA conservaba un poco de nobleza, del estilo de Ginebra...". Este caballero audaz, a medias profeta a medias payaso, fue candidato al premio Nobel de la Paz por diversas asociaciones de Catalunya en 1975, 76 y 77. Intuyo que ésa es la página, el pliego de páginas, que una sociedad cómplice quiere cerrar. Y se equivocan. Xirinacs muerto es un icono de una fuerza que ellos no saben calcular. Y si no echan luz y palabras sobre esa historia, se convertirá en leyenda para jóvenes ansiosos o descerebrados. Esa velocidad en las ceremonias fúnebres y el silencio auguran el comienzo de una nueva situación, que no será otra cosa que la anterior pero sublimada. Estamos pasando del oasis pujoliano a la burbuja tripartita.

A mí, Xirinacs, no me ha interesado nunca, pero su gesto último exige una explicación y no pasar la página con la complicidad de los hipócritas que le jalearon y le señalaron como el Juan Bautista de los tiempos nuevos. A mí, puestos a hablar de suicidios, me hubiera gustado contarles el de André Gorz y su esposa Dorine. Decidieron matarse hace apenas unos días, con gran eco en la prensa española; es decir, ninguno, fuera de un artículo de Mario Gaviria en el suplemento Dinero de este diario. Toda la tropa selecta de mayo del 68 en París, de cuya generación formo parte por obligación y sin ningún placer, debemos a Gorz textos y análisis impagables. Era un tipo raro, nacido en Viena y llamado realmente Gérard Horst, a quien algunos conocimos personalmente con el seudónimo de Michel Bosquet. Publicó en Les Temps Modernes de Sartre y fueron íntimos hasta que la estupidez sartriana del último periodo los separó definitivamente. Fue posiblemente el primer ecologista coherente cuando en 1973 apareció la revista Le Sauvage, y me pareció brutal su libro de 1980 con título de evidencia, Adiós al proletariado.Tres años después se retiró del periodismo y se fue a vivir a un pueblo de la Francia profunda, en el Aube, donde compró una casita pequeña con árboles grandes. Había escrito un libro hermoso dedicado a su mujer Dorine, inglesa, y ahora, hace unos pocos meses a ella le diagnosticaron una enfermedad terminal y fulminante, y él se ocupó del epitafio. "No quiero vivir sin ti, porque después de 60 años juntos sigo siendo feliz y aún te deseo". Se mataron, sencillamente. Una pastilla letal. Aquí da lo mismo, estamos hablando de gente razonable que da por terminado el ciclo creativo de su vida.

No es el caso de Lluís Maria Xirinacs y su reto mortuorio. Lo encontró un vecino de Sant Joan de les Abadesses, que como viera a un tipo echado en el suelo y en apariencia durmiente, no le hizo caso por más que alrededor hubiera bolsas de plástico, pañuelos, toallas y moscas, un montón de moscas. Volvió a pasar y lo comentó a sus amigos, y todos juntos volvieron al lugar y encontraron al Xirinacs muerto. Llevaba varios días y olía mal. Nadie que yo sepa ha contado aún de qué murió realmente. La nota de color la aportó el alcalde de la vecina Ogassa, el convergente Ramon Tubert, tan patriota él que incluso usa barretina. Como el pueblo celebraba un festival de habaneras -¡habaneras!- cuando le informaron los mossos d´esquadra, interrumpió el espectáculo, le dedicó un minuto de silencio al profeta fallecido, y continuó la fiesta.

sábado, octubre 27, 2007

Las cenizas del Che

(Artículo publicado por Gregorio Morán el día 13 de octubre de 2007 en La Vanguardia, diario de Barcelona)


Por más vueltas que le doy, no sé muy bien por dónde empezar. Si por un adolescente que apenas acababa de cumplir veinte años -que era yo- metido hasta las cachas en una pelea imposible, evocando el día que recibió la noticia inexorable de que el Che había muerto. Entonces, y por razones muy obvias, carecíamos de ese sentido del humor que nos vino luego, para añadir que además de Ernesto Guevara, había muerto Marx, y Engels, y Lenin, y Rosa y Gramsci, y que los demás, los supervivientes del viejo esquema, se encontraban en vísperas de un final inquietante. Entonces, humor, lo que se dice humor, no había mucho. Los chistes vinieron luego. Me acuerdo que algunos compañeros de pelea, mucho más a la izquierda que nosotros, arreciaron las visitas de fin de semana a Guadarrama, a la vera de aquel Madrid del bigote breve y el aroma a brillantina, en la idea de ir preparando el terreno para crear un foco guerrillero en la sierra madrileña.

También podría empezar por la construcción del mito y la leyenda, y las consecuencias del icono instalado en la conciencia universal de una izquierda incapaz de afrontar la pregunta del millón: la vía que abrió el Che con su ejemplo, ¿fue fecunda en vida y revoluciones o un matadero donde se enterró lo mejor, lo más capaz, lo más valiente, lo más prometedor de la izquierda latinoamericana? La suma de teólogos cristianos con revolucionarios, que tantos frutos generó en toda América Latina, dejó también un poso de beatería radical. Fíjense que yo puedo decir lo que quiera sobre Rosa Luxemburgo, una de las figuras más notables y coherentes de la izquierda revolucionaria europea, pero la tradición de Rosa Luxemburgo es laica, ilustrada y razonadora, no hay santos y apenas peanas, pero cuando se subió a Ernesto Guevara a la categoría de santo, incluso "a la vera del Dios Padre que estás en los cielos", como rezan los campesinos que peregrinan a la collada de La Hermida donde cayó el mártir, desde ese momento, y tras ser asumido como gran icono protector del Estado cubano, ya no hay nada que hacer. Fuera quedan los razonamientos, los análisis, los balances... ¡Al Che no se le toca! Rosa Luxemburgo fue asesinada de manera más ominosa si cabe que al propio Guevara, pero son dos mundos, dos maneras de enfocar la vida, la revolución y el futuro.

Otro modo de empezar sería seguirle la trayectoria al personaje, desde que era sólo Ernesto Guevara, un argentino de clase media asentada, que recorre la espina dorsal de la América hispana y tras ver mucho padecimiento decide que es más necesario un revolucionario que un galeno. Y no le faltaban razones. ¿Qué hacía un argentino en la revolución cubana? Aún está por estudiar el periodo que va de su entrada en La Habana, el día 4 de enero de 1959, y los sucesivos cargos que desempeñó como pudo, y la decisión de marchar al Congo (1965) en una misión que da vergüenza hasta contarla, porque se trataba de apoyar a Kabila, uno de los asesinos más notables de un continente donde el hombre blanco enseñó, entre otras cosas, cómo se ejemplifican las matanzas. De ministro de Industria a guerrillero embadurnado de negro en el África profunda. Como los santos no necesitan explicarse y sólo se manifiestan a los simples mortales con milagros, no es fácil detenerse ahí. Su relato escueto de los siete meses de experiencia africana lo recuerdo como una pesadilla, porque al leer esas páginas no tenía otra consecuencia que un interrogante, ¿qué carajo había ido a hacer el Che al Congo? No pregunto por los cubanos en África; una operación política de alta estrategia que lamentablemente no pudieron continuar por falta de entidad de Estado. Permítanme la obviedad de decirlo, Cuba no es China, o para ser más exacto, China es todo lo contrario de Cuba. Hasta en los condones, como nos ilustró en tan memorable como vergonzosa ocasión el Líder Supremo desde la plaza de José Martí y a todo el mundo. ¿No se acuerdan ustedes de aquella reflexión fidelista sobre cómo los cubanos tenían un miembro que no cabía en los condones chinos? Pues yo sí, y lo escuché y aún no salgo de mi asombro de que ese sátrapa siga siendo un icono de la izquierda llamada a ser subvencionada; un tipo así no es de fiar. Ya verán, ya verán, cuando muera Fidel, lo que imagino ocurrirá algún día, y empiece a salir la mierda a borbotones y los acendrados defensores de la revolución empezarán a decir "yo no sabía". O lo que es peor, harán una pausa en sus cátedras los dialécticos y nos explicarán qué cabía entre la contradicción principal y la secundaria, o las diferencias entre las formas y los contenidos en la lucha contra el neoliberalismo. O abocarse a los comparativos, los desesperados comparativos de los filisteos ilustrados. "¿Acaso el imperialismo...? "A mí la manera más aguda y cruel y necesaria de empezar esta reflexión a contracorriente sobre el Che consiste en tratar de acercarme al tuétano de su historia, su gloria y su leyenda, que al tiempo son su absoluto fracaso político. El foco guerrillero en Bolivia y su simbología. La experiencia guerrillera del Che en Bolivia es un manual de incompetencia, no sólo porque entonces era el país en peores condiciones para intentar una revolución en el campo, sino porque destrozará la vida política de la izquierda boliviana. ¿Por qué Bolivia? Al final, los analistas admiten como razón de peso la obsesión de Ernesto Guevara por acercarse a Argentina. ¡Un foco en Salta!, que por cierto luego se hará con resultado inenarrable.

Como Paraguay no podía ser, se dejó caer en Bolivia. Ese año de 1967 del Che en las selvas bolivianas es estremecedor. Recién ha aparecido en España el libro de Siles del Valle Los últimos días del Che (editorial Debate), que recomiendo sólo para espíritus fuertes y poco dados a rezos y beaterías. Un cuadro implacable que destroza la leyenda para hacerla humana y grandiosa en su miseria. La perplejidad de los campesinos bolivianos ante aquellos marcianos que apestaban. Me emociona aún leer dos entradas del diario de Ernesto Guevara, la del 16 de mayo, junto a Laguna Pirirenda. "Al comenzar la caminata se me inició un cólico fortísimo con vómitos y diarreas. Perdí la noción de todo mientras me llevaban en hamaca; cuando desperté estaba aliviado pero cagado como un niño de pecho. Me prestaron un pantalón, pero sin agua hiedo a mierda a una legua". Situación que debe ligarse a la otra entrada del 10 de septiembre, ya en Río Grande, a menos de un mes de su final trágico, "Se me olvidaba recalcar un hecho. Hoy, después de algo más de seis meses, me bañé".

El valor, la coherencia y la dignidad de un derrotado no puede impedirnos orillar el mito y trascender a la política. La vía del foco guerrillero, de la lucha armada, fue un espejismo político que en vez de adelantar los procesos revolucionarios los retrasó y creó unas expectativas similares a lo que fue el leninismo en Europa occidental. Pero con una diferencia notable. La revolución rusa de octubre del 1917, de la que ahora se cumplen 90 años, fue para Rusia una catástrofe sin paliativos, pero se tradujo para la clase obrera occidental en una ayuda inestimable. El miedo a una revolución comunista en Occidente representó un acicate que permitió a la clase obrera occidental dar un salto de gigante. Por el contrario, la exportación del modelo cubano a América Latina produjo una sangría y abocó a la lucha armada como único modelo. ¡No había otra vía!, aseguran algunos. Siempre hay otra vía, y cuando uno declara una guerra no puede luego echarle la culpa al enemigo. Uno pelea para vencer, no para servir de icono a futuras generaciones. La utopía es religión, la política y el poder son realidades. "Bajarán los del monte y nos liberarán a todos".

Esa fue la paradoja del Che. Sus cenizas sembraron la rebelión y la dignidad pero también la muerte. Cuando oigo gritar "Socialismo o muerte", sé que están escogiendo muerte, o la antesala de la muerte que es la represión implacable. Imagino a Marx, a Lenin, a Rosa Luxemburgo, a Gramsci, a ese puñado de gente que no le tembló el pulso ante el dilema de hacer política, o lo que es lo mismo hacer una revolución o morir en el empeño, imagino, digo, a ellos escuchando a ese payaso venezolano gritando "Socialismo o muerte", y preguntándose cómo es posible que una tarea tan digna como ser revolucionario se haya convertido en un oficio circense. Las cenizas del Che abonaron la muerte. Lo demás es espectáculo.

viernes, octubre 26, 2007

El origen de la concepción bolchevique del partido socialista revolucionario


El origen de la concepción bolchevique del partido socialista revolucionario está en dos obras escritas por Lenin en plena polémica entre bolcheviques y mencheviques dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso: Qué hacer (1902), y Un paso adelante, dos pasos atrás (1904).

Según Lenin, el partido socialista revolucionario debía ser centralizado y disciplinado. Un partido de militantes formados en el materialismo histórico como instrumento científico de interpretación de toda la realidad (y no sólo de la economía o de la sociedad) para la acción revolucionaria. Un partido que fuese la vanguardia del proletariado y movilizase a las masas, en el sentido de dotarlas de conciencia de clase (empezando por la instrucción en la doctrina marxista), para que realizaran la revolución cuando se diesen sus condiciones objetivas. Y un partido que, por su instrumento científico, materializaba la Razón Histórica: el partido hacía progresar la Historia hacia una plena realización revelada en su mismo origen (teleologismo); sus militantes tenían una misión histórica (ya que el partido asumía la misión histórica del proletariado; no era esta la única diferencia entre Marx y Lenin), misión histórica a la que debían subordinar cualesquiera otras consideraciones (lo que, en la práctica, resultaba en el acriticismo de los militantes respecto a la jerarquía del partido); el militante que no actuara según el anterior principio pasaba a ser un traidor. Se tiene que el bolchevismo tenía una verdadera antropología del militante, con su moral incluida.

A partir de estos conceptos, ¿no podría decirse que el bolchevismo supuso una hegelianización del marxismo? La concepción teleológica de la Historia que permite la interpretación racional de toda la realidad; la ciencia como dicha interpretación racional de la realidad; la política como desarrollo práctico de una moral desarrollada por la ciencia.

Aparte, Lenin rechazaba el espontaneísmo de clase: este resultaba sólo en el sindicalismo, en la simple lucha por la obtención de concesiones económicas del sistema político existente sin cambiar este; el partido revolucionario del proletariado debía tener como primer y principal objetivo la toma del poder subordinándolo todo esto, ya que la lucha por el poder político es la decisiva en una revolución.

lunes, octubre 22, 2007

Clase proletaria y partido socialista revolucionario: lo que iba de Marx a Lenin

Según Marx y Engels, la misión histórica del proletariado como clase era instaurar el socialismo. Marx afirmó que esta misión histórica estaba predeterminada por el desarrollo de la estructura económica, siendo independiente de cualquier voluntad (individual o de clase).

Hay que señalar que ya los historiadores y economistas liberales premarxistas afirmaron la determinación de los hechos históricos por la economía. Marx sólo combinó este planteamiento con la idea de la lucha de clases. Pero sólo esto ya supuso la aparición del primer socialismo contrario al voluntarismo.

La misión histórica del proletariado la debía realizar el partido socialista revolucionario. Este "partido revolucionario" no era una organización, sino la simple expresión política del proletariado. Igual que el "partido del orden" que se le enfrentaba no era tampoco una organización, sino la expresión política de la coalición de clases opuestas al partido revolucionario. Además, el partido revolucionario no establecería el socialismo sólo por la insurrección, pero el socialismo tampoco llegaría, sin más, por el desarrollo del capitalismo. Ya que, para Marx y Engels, era necesaria una insurrección revolucionaria para acabar con el capitalismo, pero esto no resultaría en el establecimiento del socialismo. Dicho de otra forma, la función histórica de la insurrección revolucionaria socialista era completar la transición del capitalismo al socialismo, pero no establecer el comunismo. Aquí quizás esté la diferencia esencial entre Marx y Bakunin.

Para Marx y Engels, la revolucion era un cambio estructural lento entre dos modos de producción que resultaba en un cambio inmediato en la supraestructura estatal al no corresponderse esta con la estructura económica: el cambio entre supraestructuras estatales (del estado feudal al estado burgués, del estado burgués al estado obrero) no podía forzarse con la violencia si persistían elementos del modo de produción prerevolucionario. Mejor dicho: el cambio entre supraestruturas estatales no podía forzarse con la violencia si el desarrollo del modo de producción prerrevolucionario no había resultado en la creación de conciencia de clase entre la clase con una misión histórica revolucionaria (la burguesía en la revolución burguesa; el proletariado, en la socialista), siendo la afirmación de la violencia como método politico socialista (y esto era un ataque directo a Bakunin) señal de falta de conciencia de clase proletaria. Esta concepción del cambio histórico basaba el que Marx y Engels defendiesen la acción política antes que la accion armada: ni Marx ni Engels negaban la violencia política desde el momento en que un dominio de una clase sobre otra implicaba violencia, pero la lucha de clases, según ambos, era un hecho político, siendo la violencia política circunstancial y breve. Incluso una revolución, por muy violenta que fuese, debía ser breve en tanto que simple culmen del desarrollo socioeconómico, pudiendo incluso llegar a establecerse el socialismo sin necesidad de una insurrección revolucionaria (pero no sin lucha de clases: que no hubiera insurrección revolucionaria socialista en el momento histórico de establecimiento del socialismo no excluía que en este se produjera una insurrección contrarrevolucionaria capitalista).

Marx y Engels hacían esas reflexiones sobre la violencia política tras los ciclos revolucionarios de 1848-1849 y de 1868-1874, que habían levantado acta de la excepcionalidad de las victorias militares de los movimientos revolucionarios frente a estados centralizados apoyados en economías industriales y en las jerarquías sociales tradicionales. Fue sobre todo la experiencia de la derrota de la Comuna de París de 1871 la que llevó a que el socialismo marxista, después de ese año, se identificara con la socialdemocracia, es decir, con la lucha electoral como método político.

Lenin, en la práctica, asumió el blanquismo como táctica política. El partido revolucionario dejaba de ser la simple expresión política del proletariado para ser una organización jerarquizada; el sujeto histórico socialista dejaba de ser la clase proletaria para ser el partido revolucionario.

Según el concepto bolchevique de la revolución proletaria, esta no era un momento histórico, sino una sucesión de fases históricas: primero debía producirse la toma del poder estatal por el partido bolchevique como vanguardia del proletariado; después, la supresión por el partido desde el estado de todas las clases que no fueran la proletaria. Si la primera fase se correspondió con la Revolución de Octubre y la Guerra Civil rusa (1917-1921), la segunda lo haría con la colectivización forzosa sucedida de la industrialización acelerada (1929-1933).