domingo, diciembre 23, 2007

El Destino Manifiesto son unas deportivas de muelles


Es posible que un día los historiadores estadounidenses consideren que las dos presidencias de George Bush hijo han sido un fracaso histórico por apartar a los Estados Unidos de la realización política del Destino Manifiesto.

Unificar toda América bajo una democracia republicana, evitando el fraccionamiento político propio de Europa. Era una de las ideas que se defendieron en la Guerra Revolucionaria, que aún necesitó de una guerra civil que resituase los orígenes de la democracia republicana en 1776 (la insurrección revolucionaria contra el despotismo y por la democracia republicana y los derechos individuales, incluido el de la propiedad) y no en 1787 (la confederación de estados independientes). Tras el colapso de la URSS, con Cuba reducida de cabeza de puente de la revolución en el Hemisferio Occidental a un régimen resistencialista, Estados Unidos ha avanzado en la unificación económica y cultural de toda América. El chavismo, con su retórica indeterminada del "socialismo del siglo XXI" y su renuncia a la tradición revolucionaria de 1917 (lo que supone, entre otras cosas, la renuncia a la creación de un estado de una sola clase, algo a lo que Cuba también ha renunciado de hecho), se sitúa en el linaje de los regímenes militares progresistas, en los que el ejército actúa de poder tutor para garantizar el ascenso social. Su oposición a los Estados Unidos es la defensa de la autonomía de un estado frente a un sistema imperial, no la propuesta de un modelo socioeconómico enfrentado al capitalista. Y a día de hoy, tras el colapso soviético (es decir, tras el fin de la competencia mundial entre sistemas imperiales), resolver este enfrentamiento político con intervenciones militares en vez de financiando movimientos políticos de oposición o a otros estados que se pueden instrumentalizar contra los resistencialistas, es de una ineficacia demasiado costosa (en términos tanto financieros como electorales).

Se ha hablado mucho de la unificación económica americana (y puede resumirse de forma muy sencilla: las transnacionales estadounidenses son dueñas en toda América de las infraestructuras, de los recursos naturales, y de los medios de producción y distribución materiales e ideológicos, permitiendo a los nacionales acceder a los cuadros medios de gestión). No tanto de la cultural. Existe el término malinchista para designar a aquellos que renuncian a su propia cultura por la anglosajona. Pero, a día de hoy, la cultura anglosajona es una cultura de síntesis, que ha integrado elementos de la cultura latinoamericana. Es una cultura que se produce en masa para el consumo interno y externo por una serie de medios de producción culturales que van desde la industria del entretenimiento de masas a las iglesias protestantes (que marcan la agenda a la Iglesia católica, incluso en el debate entre creacionismo y evolucionismo) pasando por una ropa que se manufactura para homogeneizar a la población con el señuelo de la distinción individual (y que a los europeos les parece entre ridícula y agresiva cuando la visten sus propios jóvenes).

Y mientras, Europa duerme. Un sueño orwelliano de programas de televisión de personajes famosos por ser famosos, de un fútbol cada vez más parecido a los espectáculos del Tercer Reich, de cafeterías donde empresarios y trabajadores parecen creerse la mentira que es posible el compañerismo por encima de las diferencias políticas y económicas. Las bombas yihaidistas, transformadas en nuevo espectáculo mediático, hacen sólo que el sueño no sea de un tirón. No hay competencia europea al Destino Manifiesto. Pero me temo que, cuando despertemos, lo hagamos a una pesadilla balcánica.

Para Alfredo Jorge Cañoto.