domingo, enero 13, 2008

¿Conservadores o reaccionarios?


(Artículo publicado por Gregorio Morán en La Vanguardia, diario de Barcelona, el día 5 de enero de 2008)

Una de las peculiaridades de la transición española fue la constatación de que en España no había futuro alguno para un partido democristiano. Las tres variantes democratacristianas -la derechista de Silva Muñoz, la izquierdista de Ruiz Jiménez y la centrista de Gil Robles- se estrellaron contra la realidad de las urnas, el 15 de junio de 1977, y salieron trasquiladas. Sólo pudieron mantenerse Unió Democràtica de Catalunya (en coalición) y el PNV -veterano fundador de la Internacional Democristiana-.

El fracaso de la democracia cristiana en España tiene varias teorías explicativas, casi siempre pedestres, obra evangélica de historiadores de la misma cuerda. A mí la que me parece imprescindible y jamás explicitada pasa por Manuel Fraga Iribarne. Sin estudiar su personalidad y su trayectoria es imposible entender el comportamiento de la derecha española. Por esos perplejantes avatares de nuestra cultura histórica no existe ni una sola biografía de Fraga Iribarne; lo que hay se reduce a textos serviles y panfletería inane. El profesor Aranguren, que le conocía bien porque habían sido compañeros de estudios y hazañas durante un periodo importante y poco explicitado de su vida, solía decir de él: “Fíjese en las citas que hace; siempre señala lo menos importante”.

Y es verdad. Intelectualmente Fraga Iribarne es un gran lector que transforma sus saberes en espantosa mediocridad. Leer a Fraga es una penosa obligación intelectual, cercana a la tortura, porque escribe toscamente y jamás sorprende con una idea. En él todo es previsible. Quizá por eso sea tan representativo. Fraga es la negación de la audacia política, intelectual y vital, y podría relatarles pormenorizadamente cómo, en los momentos trascendentales en que ¡al fin! se decide a dar un diminuto paso adelante, resulta tan minúsculo y tan dilatado en el tiempo, que apenas nadie percibe el gesto. Manuel Fraga es el paradigma del derechista común en la España del franquismo; sólo se diferencia en que ha leído más y goza de gran memoria selectiva. Recuerda lo que le peta.

Siempre he encontrado cómica, por ofensiva y al tiempo complaciente, la expresión “animal político”. Me ocurre lo mismo que con “escritor de raza” o “periodista de raza”, que me evocan más al insulto que al elogio. Pues bien, en su sentido genuino, Manuel Fraga es un “animal político”, dándole a cada palabra el sentido que tiene, por lo de “animal” y por lo de “político”. Sin conocer y explicar la trayectoria de Fraga no es fácil comprender luego las reacciones de la derecha española. Un ejemplo. La intoxicación histórica cada vez hace más difícil entender algo del pasado. A causa de esta pandemia es imposible que la gente recuerde, a estas alturas de la película, que uno de los factores decisivos para lograr que Adolfo Suárez dimitiera de presidente del Gobierno se debió a los dirigentes democristianos. Herrero de Miñón, Óscar Alzaga y Landelino Lavilla. Y el objetivo de estos talentos políticos de menor cuantía no era otro que conseguir integrar la UCD suarista en la Alianza Popular de Fraga, cosa que consiguieron a costa de cargarse a Suárez, a la UCD, y hasta a ellos mismos, logrando que el PSOE los barriera en octubre de 1982 y se mantuviera en el poder durante catorce años.

A aquella operación suicida la denominaron sus estrategas “la mayoría natural” -de la derecha- con la que Aznar vencería a duras penas en 1996. Manuel Fraga ha sido el paraguas -podríamos incluso decir el pal de paller para ser más autóctono y preciso- de la derecha española. Y lo ha sido haciendo bascular una parte del centrismo hacia su persona, tan poco atractiva por otra parte. Míresele por donde se le mire, lo más llamativo de Fraga es su naturaleza de energúmeno. Ahora bien, él ha capitalizado el sueño de la derecha española, “un solo partido, una sola idea, una sola autoridad”, y se ha de asumir como la mezcla en el mismo instrumento político tanto de lo conservador como de lo reaccionario, que por cierto no son lo mismo aunque a veces coincidan.

Cuando Fraga Iribarne declaró el pasado domingo en El Faro de Vigo que “Franco sentó las bases para una España con más orden”, estaba definiendo a la perfección el sentimiento de ese franquismo sociológico que él representa como nadie, hasta el punto de ser su más conspicuo engendro; de su mediocridad, de su fascismo carpetovetónico -esa variante hispana aderezada de nacionalcatolicismo que se manifiesta en la palabra salivada y en el gesto-, de su concepción de la política y de la sociedad. Para ellos, Franco fue “el orden”, o como dijo peregrinamente uno de los discípulos más cínicos y perversos de don Manuel, Jaime Mayor Oreja, “el franquismo se vivió con una extraordinaria naturalidad, normalidad y placidez”. Ahí está la nada sutil diferencia entre conservadores y reaccionarios.

Franco fue un generador de desorden, porque el odio es desorden, la represión es desorden, la mentira es desorden, la pobreza es desorden, y el mayor de los desórdenes es una guerra civil, decía Hobbs. Incluso cuando Fraga, en la citada entrevista, hace una comparación, humillante en su simpleza, entre Napoleón y Franco, está resumiendo lo que piensa -por decirlo de alguna manera- una masa importante de españoles que consideraron la monarquía parlamentaria, las elecciones y la democracia una variante inevitable, pero benigna, del Viejo Orden establecido por el Caudillo. Para ellos, como Fraga les habría explicado si se hubieran acercado a sus clases, Franco, como Napoleón, creó unas instituciones que permitieron consolidar una clase que varió muy poco desde la aplastante victoria en la guerra y en la posguerra, sobre todo la posguerra.

Puede sonar a sarcasmo que sea la derecha española la que vuelva a poner sobre el tapete el debate rancio y obsoleto de “reforma o ruptura”, porque si lo que ellos consideran una ruptura no es más que una consecuencia de la reforma, de aceptar su tesis estaríamos en que la transición deberíamos interpretarla como un trágala. Como si los derechos adquiridos durante su hegemonía omnímoda, que ejercieron durante cuarenta años, no pudieran ser cuestionados por las urnas, por la democracia. Creo que nadie fue capaz de expresar ese espíritu con la plasticidad de la última alcaldesa franquista de Bilbao, doña Pilar Careaga -miembro notable en su momento del partido de Manuel Fraga-, cuando los bilbaínos protestaban por su desfachatada corrupción y autoritarismo: “Aviados estaríamos los alcaldes si dependiéramos de la opinión de los vecinos”.

Pero no cabe engañarse y creer que se trata de una cuestión generacional, de viejos dinosaurios sociales reacios a retirarse. No, no es problema generacional, sino social y económico y mental. Y aquí es donde entra la Iglesia católica y su nueva vertebración como vanguardia de esa derecha amalgamada entre conservadurismo y reacción. Que un cardenal como Agustín García-Gasco, que tiene parecida procedencia, formación y trayectoria que Manuel Fraga Iribarne, resulte capaz de enunciar a viva voz que “el laicismo lleva a la disolución de la democracia” es digno de un sinvergüenza en su sentido genuino, de “sin vergüenza”, porque la expresión democracia resulta en su boca un vocablo tan vacío como cuando durante siglos, y hasta anteayer, mantuvieron que el liberalismo era pecado, y hoy son dispensadores de bulas para liberales. Y más aún, esas evocaciones al fanatismo, a ese fundamentalismo cristiano que dominó y tiranizó el mundo durante siglos: “La paz, la justicia, y la libertad…, el progreso y la civilización… son frutos de la cercanía a Dios”. Cambien de idioma, escríbanlo en árabe y sustituyan Dios por Alá, y lo habría podido afirmar cualquier mulá afgano. Actúan de diferente manera, pero piensan lo mismo.


Ciencia-ficción soviética

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